Oaxaca convierte el Palacio de Gobierno en un altar de memoria y tradición
El Palacio de Gobierno de Oaxaca exhibe un tapete monumental, un altar y más de 120 piezas de cerámica y cartonería por el Día de Muertos.
Oaxaca de Juárez, Oaxaca.- Hay espacios que cambian de significado cuando llegan los días de noviembre. El Palacio de Gobierno, conocido también como la Casa del Pueblo, dejó por unos días su solemnidad institucional para convertirse en un recorrido por los colores, los materiales y los símbolos con los que Oaxaca recuerda a sus muertos.
El aroma del copal y el amarillo del cempasúchil reciben a quienes visitan las muestras instaladas en el edificio. Un tapete monumental, un altar que reúne elementos de las ocho regiones del estado y una exposición de cerámica y cartonería forman parte de esta intervención cultural, abierta al público como parte de las actividades de la Fiesta Más Viva de Todas.
Muerteada: el recuerdo convertido en presencia
El tapete monumental lleva por nombre “Muerteada”. Sus figuras proponen un recorrido por las emociones que acompañan al Día de Muertos: la alegría del encuentro, la nostalgia de la ausencia y la memoria de quienes siguen presentes en la vida de sus familias.
Música, baile, flores y calaveras aparecen como parte de un lenguaje visual que no entiende la muerte únicamente como despedida. En esta celebración, recordar también significa volver a reunir historias, afectos y costumbres alrededor de quienes ya no están.
La instalación dialoga con una tradición profundamente arraigada en Oaxaca, donde la conmemoración adquiere expresiones distintas según la comunidad, la región y las formas particulares de recibir a los difuntos.
Un altar que reúne las ocho regiones
El Altar Monumental integra calaveras, papel picado, velas artesanales de Teotitlán del Valle, frutas de temporada, imágenes religiosas y alimentos. Sus elementos evocan la diversidad de prácticas y representaciones que conviven en el territorio oaxaqueño durante estas fechas.
La ofrenda incorpora también tapetes dedicados a la Virgen de Juquila y a San Antonio de Padua. La presencia de estas imágenes religiosas muestra el encuentro entre las expresiones de fe y las formas comunitarias de conmemorar a los fieles difuntos.
Más que una composición ornamental, el altar funciona como una representación de la pluralidad cultural del estado. Sus objetos remiten a los oficios, los alimentos, las creencias y los materiales que forman parte de la vida cotidiana de distintas comunidades.
Cerámica y cartonería: donde la memoria florece
La exposición “Donde la memoria florece” reúne más de 120 obras de cerámica y cartonería relacionadas con la memoria y la muerte. La muestra incorpora también altares inspirados en la arquitectura prehispánica de Oaxaca.
En el centro del espacio destaca un tapete ceremonial con figuras de sacerdotes zapotecos durante un ritual. La escena evoca antiguas prácticas ceremoniales y una relación simbólica entre las personas, la naturaleza, las divinidades y el mundo de los ancestros.
Un camino de flores de cempasúchil y borla acompaña el recorrido. Su presencia conduce la mirada entre las piezas y refuerza una de las imágenes más persistentes de estas fechas: la flor como guía y como vínculo entre la memoria familiar y la celebración colectiva.
La cerámica y la cartonería aportan otra dimensión a la exposición. En ellas, la materia se transforma en figuras que permiten representar aquello que no siempre puede nombrarse: la ausencia, el recuerdo y la continuidad de las tradiciones.
La Casa del Pueblo abre sus puertas a la celebración
Las tres muestras fueron inauguradas por el gobernador Salomón Jara Cruz como parte de las actividades de Día de Muertos organizadas en Oaxaca. El Palacio de Gobierno permanece abierto al público para que visitantes y habitantes de la ciudad conozcan las instalaciones.
En estos días, la Casa del Pueblo se convierte así en un espacio donde conviven distintas maneras de representar la muerte: el tapete que la transforma en imagen, el altar que reúne objetos y creencias, y las piezas artesanales que la llevan al terreno de la creación.
En Oaxaca, la memoria no permanece quieta. Se coloca sobre el suelo, se enciende con velas, se comparte en los alimentos y toma forma en las manos de quienes conservan los oficios. Cada noviembre, la muerte vuelve a ser parte de la vida, no porque desaparezca la ausencia, sino porque la comunidad encuentra maneras de nombrarla y mantenerla presente.
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