Fernando Jiménez Molinar, el oaxaqueño olvidado del 11-S
Tenía 21 años, y trabajaba como repartidor de pizzas cerca de las Torres Gemelas; su familia nunca volvió a tener certeza sobre su destino.
Ciudad de México.- Hay nombres que cada septiembre vuelven a escucharse en Nueva York. Son los nombres de quienes murieron en las Torres Gemelas, en el Pentágono y en un campo de Pensilvania. Pero también existen otros que quedaron suspendidos en una zona más dolorosa de la memoria: aquellos cuya suerte nunca pudo ser esclarecida por completo.
Entre ellos está Fernando Jiménez Molinar, un joven originario de Oaxaca que tenía 21 años cuando desapareció en Nueva York durante los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Fernando trabajaba como repartidor de pizzas en Manhattan, a pocas calles del World Trade Center. Aquella mañana salió a cumplir con su jornada. Después de los ataques, no regresó.
Su historia fue recogida desde los primeros meses posteriores a la tragedia. En noviembre de 2001, The Nation publicó una investigación sobre los migrantes desaparecidos después del 11-S y relató el caso de Fernando, cuya familia buscaba respuestas con apoyo de la Asociación Tepeyac, organización que ayudó a trabajadores indocumentados y a sus familiares tras los atentados.
El muchacho que quedó atrapado en una fotografía
Hay una imagen que hace todavía más cercana la historia de Fernando. Investigaciones periodísticas posteriores han señalado que en el expediente de Fernando se conservaba una fotografía suya de adolescente. La imagen corresponde a una etapa anterior a Nueva York y a la tragedia: un muchacho con camisa blanca, con la mano derecha sobre el pecho, en saludo a la bandera mexicana.
Es una fotografía sencilla.
Pero también es, de alguna manera, todo lo que quedó de una vida que continuaba cuando fue tomada.
Fernando no aparece allí como una víctima del 11-S. No aparece entre las ruinas ni en las imágenes de aquella mañana. Aparece como lo que era antes de convertirse en un nombre asociado a una tragedia: un joven oaxaqueño.
La fotografía fue utilizada en los esfuerzos para localizarlo después de los atentados.
Un nombre entre los mexicanos que no pudieron ser identificados
El caso de Fernando forma parte de la historia de los migrantes mexicanos afectados por el 11-S.
En 2011, el Consulado de México en Nueva York reconoció 16 casos de mexicanos fallecidos o desaparecidos relacionados con los atentados. Cinco habían podido ser plenamente identificados y sus nombres fueron incorporados al Memorial del 11-S; los otros casos quedaron sin una identificación completa de restos.
Fernando fue mencionado entre estos últimos.
La diferencia no es menor. En una tragedia donde miles de familias pudieron recibir restos y una despedida, otras tuvieron que vivir con una ausencia sin cuerpo, sin tumba y, en algunos casos, sin una certeza definitiva sobre lo ocurrido.
La Asociación Tepeyac documentó durante años estos casos y ayudó a mantener abiertas las historias de trabajadores migrantes que, por su situación documental y por las dificultades de identificación después del derrumbe, quedaron en los márgenes de la memoria pública.
El 11-S no terminó aquella mañana
Este viernes se cumplen 25 años de los atentados que transformaron a Nueva York y alteraron el rumbo político del mundo.
El ataque dejó 2 mil 977 víctimas y desencadenó una larga etapa de guerras y operaciones antiterroristas cuyos efectos se extendieron mucho más allá de Estados Unidos.
El proyecto Costs of War, de Brown University, calcula que las guerras posteriores al 11-S han provocado entre 4.5 y 4.7 millones de muertes directas e indirectas, además de más de 38 millones de personas desplazadas. El mismo proyecto estima en más de 8 billones de dólares el costo de esas guerras para Estados Unidos.
Detrás de esas cifras gigantescas existen millones de historias individuales.
La de Fernando pertenece a una de ellas.
¿Qué ocurrió con Erin Piacenti en Times Square?
Piacenti fue atacada la tarde del 31 de agosto, cerca de West 42nd Street y Seventh Avenue. Según la NYPD, una mujer identificada como Pamela Cisneros, de 49 años, atacó primero a un hombre de 68 años y después se dirigió hacia Piacenti. Las autoridades señalaron que ambos ataques parecieron aleatorios y no provocados.
Piacenti fue trasladada a Bellevue Hospital, donde murió a consecuencia de las heridas. El hombre de 68 años sobrevivió y permanecía estable, de acuerdo con la información disponible este 1 de septiembre de 2026.
Después de los ataques, policías localizaron a Cisneros, quien portaba dos cuchillos. Los agentes intentaron detenerla con un Taser y posteriormente dispararon cuando, según la versión policial, avanzó hacia ellos con las armas. La mujer murió después en el hospital.
Oaxaca también perdió a uno de los suyos
A 25 años del 11-S, la memoria suele regresar a las mismas imágenes: las Torres Gemelas envueltas en humo, los aviones contra los edificios, las calles de Manhattan cubiertas de polvo y las familias esperando noticias.
Pero la historia de Fernando obliga a mirar un poco más lejos.
Obliga a recordar que entre quienes estaban aquel día en Nueva York también había mexicanos que habían llegado buscando trabajo, oportunidades y una vida diferente.
Uno de ellos era de Oaxaca.
Su nombre aparece en investigaciones periodísticas que, durante años, han intentado reconstruir la historia de los migrantes que desaparecieron después de los atentados. El Universal y SinEmbargo también recuperaron el caso de Fernando Jiménez Molinar y la historia de la fotografía que ayudó a mantener vivo su recuerdo.
Veinticinco años después, la ausencia permanece.
No sabemos con certeza dónde terminó la vida de Fernando. Sabemos que tenía 21 años, que era originario de Oaxaca, que trabajaba en Nueva York y que salió a repartir pizzas aquel martes de septiembre.
Sabemos también que hubo una madre esperando noticias, una organización tratando de encontrarlo y una fotografía que atravesó los años.
Eso basta para recordar que detrás de los grandes acontecimientos de la historia siempre hay vidas pequeñas para el mundo, pero enormes para alguien.
Fernando Jiménez Molinar no debería ser solamente una referencia perdida entre los nombres de los mexicanos del 11-S.
Fue un joven.
Fue oaxaqueño.
Tuvo una familia.
Tuvo un rostro.
Y tuvo una vida que, aquella mañana, todavía estaba por delante.
Veinticinco años después, recordar su nombre es también una forma de devolverle un lugar en la memoria.
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