Miahuatlán: lo que era, lo que es y lo que debe ser
Una reflexión sobre las fiestas, la memoria histórica, la fe y la convivencia que Miahuatlán debe preservar.
Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca.— Cuando recuerdo las fiestas de mi pueblo, vuelvo a escuchar las bandas y a mirar las calles adornadas, las banderitas rosas y blancas, los globos de papel de china elevándose sobre nuestras cabezas. Recuerdo la emoción de salir de casa para encontrarnos con los demás. Se nos hacía interminable la alegría.
Por eso escribo. Me gusta la fiesta. Me gustan la música, el baile y esa capacidad de los pueblos para reunirse y disfrutar. Mi inquietud nace del cariño por lo que vivimos y del deseo de recuperar aquella convivencia.
Lo que era
Mis papás y la gente del pueblo contaban que Porfirio Díaz había coronado a la Virgen del Rosario y le había entregado una espada como agradecimiento. Según aquella tradición oral, durante la batalla contra las tropas francesas apareció una mujer muy bella, cuya presencia asociaban con la Virgen. También decían que Díaz era muy devoto de ella.
Así llegó ese relato a mis oídos, en las voces de mis mayores. Lo comparto como tradición oral, no como un hecho históricamente comprobado. Ignoro si todavía existe aquella corona. Sería hermoso investigar qué se conserva, escuchar otras voces y dejar testimonio de lo que nuestras familias recuerdan.
Las fiestas de la Virgen y las de la batalla coincidían en aquellos días de celebración. Era impresionante ver la procesión recorrer las calles principales de Miahuatlán, con tanta fastuosidad y solemnidad. A su paso quedaba un halo de alegría y de paz.
Armábamos banderitas rosas y blancas y salíamos a las calles a aplaudir a nuestra reina, la Virgen del Rosario. Había devoción, emoción y un sentimiento de pertenencia que todavía me acompaña.
Se elevaban globos de papel de china. Bajaban de Cuixtla y Xitla a bailar la Danza de la Pluma. Se armaba una convivencia sana y bonita, de esas que uno guarda para siempre.
¡Y los bailes eran todo un agasajo! En el patio municipal, la pista se adornaba con un mosaico de flores y aserrín de colores. Venían grandes bandas y caravanas de artistas a alegrar al pueblo. Había mucho que mirar, escuchar y disfrutar juntos.
Al volver de la Pilastra, el desfile de antorchas despertaba nuestra ilusión. Todavía recuerdo aquellas luces y la emoción de caminar con mi gente.
Lo que es
Desde esos recuerdos miro lo que sucede ahora y me pregunto qué estamos conservando y qué estamos dejando perder.
En lo que vi este año, sentí que el alcohol, el espectáculo y el protagonismo de la autoridad fueron ocupando el espacio de la memoria histórica y del encuentro entre nosotros. Eché de menos un contenido cívico que nos ayudara a comprender qué conmemoramos y por qué importa.
También me duele la manera en que se incorpora la imagen venerada de la Virgen del Rosario. Como católico y como miahuateco, considero que la fe de nuestras familias merece cuidado. La presencia de una imagen sagrada no legitima cualquier acto ni debe servir para respaldar el lucimiento personal o político.
¿De quién fue la iniciativa de realizar una coronación de “reina” en el atrio de la iglesia, donde se celebran misas y actos religiosos? ¿Quién autorizó ese espacio y qué significado quisieron darle? Hasta donde alcanza mi recuerdo, esa coronación no formaba parte de nuestras celebraciones.
Y llamarle ahora “coronela” a la Virgen me resulta ajeno a la devoción que aprendí en mi casa. Si existe un antecedente local para ese nombramiento, que se explique. La tradición oral sobre la corona y la espada merece investigarse con seriedad; por sí sola no explica los usos que hoy se hagan de su imagen.
También considero necesario cuidar el bienestar de los caballos utilizados en estos espectáculos. Verlos realizar pasos al ritmo de la música no permite saber cómo fueron entrenados ni afirmar, por sí solo, que exista maltrato. Por eso, mi planteamiento es que los organizadores garanticen un trato respetuoso, descansos adecuados y supervisión veterinaria. La alegría de nuestras fiestas debe incluir el cuidado de los animales.
Mi cuestionamiento se dirige a quienes organizan y deciden el sentido de estos actos. Les corresponde escuchar al pueblo y explicar sus decisiones.
Lo que debe ser
No pretendo que el tiempo se detenga ni que todo lo pasado haya sido perfecto. Quiero que podamos reconocer aquello que vale la pena recuperar.
Podemos reunir a los barrios y a las familias para adornar las calles; invitar a nuestros mayores a contar lo que recuerdan; acercar a los niños y jóvenes a la historia de la batalla, con sus protagonistas y sus contradicciones. Podemos dar un lugar digno a las bandas, a las danzas y a los artistas de nuestras comunidades.
Podemos cuidar la solemnidad de las celebraciones religiosas y organizar fiestas populares alegres, con espacios de convivencia sin alcohol ni desenfrenos. Tenemos la capacidad de encontrarnos bajo otras condiciones, de disfrutar y de dejar algo positivo en quienes vienen detrás de nosotros.
Cultivar el civismo y el respeto por lo propio, por nuestra historia y nuestra cultura; incentivar una convivencia sana y dejar enseñanzas positivas en las nuevas generaciones: ese debiera ser el objetivo de la autoridad en turno.
Gobernar también implica cuidar la manera en que convivimos y lo que enseñamos con nuestros actos. Cada fiesta del pueblo puede ser una oportunidad para fortalecer nuestros vínculos, conocer nuestras raíces y aprender a respetarnos.
Al presidente municipal le corresponde convocar, escuchar y servir. Una conmemoración que pertenece a todos merece construirse con la participación del pueblo.
Me parece que ahí está la posibilidad de dejar un legado perdurable: que quienes hoy son niños crezcan queriendo a Miahuatlán, conociendo su historia y sintiéndose responsables de cuidarlo. Que recuerden estas celebraciones por la alegría compartida, por lo que aprendieron y por el orgullo de pertenecer a su pueblo.
Yo quisiera que mañana pudieran hablar de sus calles, de sus bandas, de sus danzas y de sus fiestas con la misma emoción que nosotros conservamos.
Eso quisiera rescatar: la alegría de reconocernos, de convivir y de sentirnos pueblo. Aquella ilusión que se encendía cuando volvíamos de la Pilastra, alumbrándonos con antorchas.
Importante
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