Miahuatlán y Francia: la memoria que puede acercarnos
Me parece significativo que acudamos a honrar la victoria republicana precisamente en un lugar que nuestra tradición también relaciona con el descanso de los adversarios.
Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca.— Cada año, cuando llega octubre, en Miahuatlán volvemos a encontrarnos con nuestra historia. El día 2 acudimos a la Loma de los Nogales, a ese lugar que conocemos como la Pilastra, donde se coloca la bandera y se honra la victoria de Porfirio Díaz en la batalla del 3 de octubre de 1866.
Es una ceremonia que forma parte de nuestra vida como pueblo. Pero ese lugar guarda también una memoria que merece ser contada: la del adversario caído que, según el relato recogido por Jean Meyer, recibió sepultura con honores por instrucciones del propio Díaz.
Al acercarnos al 160 aniversario de aquella batalla, quisiera detenerme en esa historia. Porque puede ayudarnos a conocer mejor nuestro pasado y, también, a abrir una relación de amistad entre Miahuatlán y Francia.
La trayectoria militar de Porfirio Díaz tiene en Miahuatlán uno de sus momentos fundamentales. La victoria del 3 de octubre y la obtenida en la Carbonera el día 18 fueron golpes importantes contra las fuerzas imperialistas. Meses después, el 2 de abril de 1867, encabezaría la toma de Puebla. Su participación en la defensa de la República ocupa un lugar propio en nuestra historia.
Aquí, sin embargo, esa historia tiene nombres de lugares que seguimos recorriendo. Tiene tierra, tiene memoria y tiene una ceremonia que vuelve cada año. Para nosotros, Miahuatlán es el pueblo donde vivimos y desde el cual recordamos lo ocurrido.
En las páginas 19 y 20 de Yo, el francés, Jean Meyer recoge un episodio especialmente significativo. Ya en el exilio, durante una visita a Los Inválidos, en París, el 20 de julio de 1911, Porfirio Díaz se encontró con antiguos militares franceses. Allí evocó la guerra de Intervención y recordó con admiración al comandante Henri Testard, muerto en Miahuatlán el 3 de octubre de 1866.
Según esa narración, Testard había sido sepultado con honores en la cañada de los Nogales por instrucciones de Díaz.
El relato conserva, además, una escena profundamente humana: el perro del comandante no permitía que nadie se acercara al cadáver de su dueño. Fue necesario apaciguarlo para recoger la espada, que después se envió a su familia por conducto de Bazaine.
Detrás del uniforme había un hombre. Lejos de aquella tierra había una familia que habría de recibir su espada. Y junto al cuerpo permanecía un animal que se resistía a abandonarlo.
Casi cuarenta y cinco años después de la batalla, el recuerdo de aquel adversario seguía presente en la memoria de Díaz, según cuenta Meyer. Miahuatlán volvía a ser nombrado, ahora en París, en un encuentro entre antiguos enemigos.
Ese pasaje nos invita a mirar con mayor atención nuestra propia conmemoración.
El libro habla de la cañada de los Nogales. Nosotros conocemos como Loma de los Nogales o la Pilastra el sitio al que acudimos cada 2 de octubre. La tradición local vincula ese lugar con el entierro de los franceses caídos. El relato de Meyer aporta un nombre concreto a esa memoria: Henri Testard.
Debemos decirlo con precisión: estas páginas documentan el relato de su entierro, pero no permiten establecer cuántos franceses fueron sepultados allí, ni confirmar que sus restos permanezcan bajo el mausoleo actual. La relación exacta entre aquella sepultura y el monumento que conocemos merece una investigación que reúna documentos, testimonios y la historia del sitio.
Tenemos una razón para emprenderla. La memoria que conserva un pueblo merece ser escuchada y estudiada.
Me parece significativo que acudamos a honrar la victoria republicana a un lugar que nuestra tradición también relaciona con el descanso de los adversarios. En el propio relato de Meyer, Díaz reconoció el valor del comandante francés y dispuso que fuera enterrado con honores. Ese gesto también forma parte de la historia que podemos transmitir a las nuevas generaciones.
Como miahuateco, quisiera que de aquí naciera una iniciativa de acercamiento con Francia. Que nuestras autoridades, los vecinos y quienes estudian la historia local pudieran reunir esta memoria y compartirla con la representación francesa en México. Que se buscaran documentos en los archivos de ambos países para conocer mejor a Testard, esclarecer el destino de los caídos y reconstruir la historia de la Pilastra.
Con ese trabajo podríamos dar sustento a un encuentro cultural, una publicación compartida o una ceremonia de amistad. Sería una manera de cuidar nuestro patrimonio y de dar a conocer a Miahuatlán desde su propia voz.
Podemos sentir orgullo por quienes defendieron la soberanía de México y, al mismo tiempo, reconocer la humanidad de quienes murieron frente a ellos. Recordar a los caídos nos permite comprender mejor el costo de aquella guerra.
Este octubre, cuando volvamos a colocar nuestra bandera en la Pilastra, pensemos también en esa historia que aún tenemos por esclarecer. En el comandante al que Díaz recordó en París. En la espada que regresó a su familia. En los testimonios que nuestros mayores han conservado y que debemos recoger antes de que se pierdan.
Miahuatlán tiene algo que contarle a Francia. Y quizá Francia tenga documentos y recuerdos que compartir con nuestro pueblo.
Han pasado ciento sesenta años. Podemos hacer de esa memoria un motivo para encontrarnos.
Importante
Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Oaxaca Informa.









































