Los taxis de la vida
Una carrera en taxi por la CDMX despierta recuerdos de juventud y una reflexión sobre la vida y sus ciclos.
Oaxaca de Juárez, Oaxaca.— Ayer tenía urgencia por llegar a una reunión en CONAGUA. El tiempo se me había venido encima porque antes me entretuve con nuestro hermano Adelfo Regino en una amena plática. Cuando finalmente miré la hora, apareció esa angustia que produce la Ciudad de México cuando uno tiene una cita importante y sabe que, entre una esquina y otra, todo puede suceder.
Pedí un Uber.
Tardaba demasiado.
Dos veces me cancelaron. Ignoro por qué; quizá los conductores no querían entrar al centro de la CDMX.
Y entonces apareció frente a nosotros uno de esos taxis rosa con blanco que circulan por la capital.
El conductor se ofreció a llevarnos.
Aceptamos.
¡Para qué!
Subimos con nuestras maletas y arrancamos. Al principio todo parecía normal, hasta que comencé a observar algo extraño: el taxímetro llevaba mucha más prisa que el automóvil.
Los números corrían.
El chofer, en cambio, manejaba con una parsimonia desesperante.
De vez en cuando nos miraba por el retrovisor. Parecía disfrutar nuestra preocupación. Yo miraba el taxímetro, miraba el reloj y volvía a mirar al conductor.
Hasta que, casi a medio camino, se detuvo.
Señaló el taxímetro y espetó:
—Hasta aquí son mil quinientos. ¿Le seguimos o se bajan? Pero antes tienen que pagarme. Para llegar todavía faltan unos veinte minutos.
Mi acompañante y yo nos miramos.
—¡Qué pedo!
Pero había otro pequeño detalle.
Las maletas estaban en la cajuela.
No había demasiado margen para hacernos los valientes. Bajarnos significaba perder la cita y, además, teníamos que recuperar nuestro equipaje.
Y todavía había algo más inquietante: dos motocicletas acompañaban al taxi durante el trayecto.
Aquello dejó de parecernos simplemente el abuso de un taxista.
Por unos momentos sentimos que habíamos caído en una especie de secuestro en plena luz del día, en el corazón de la Ciudad de México.
Seguimos.
Llegamos finalmente a nuestro destino y no hubo otra alternativa que pagar mediante transferencia lo que aquel hombre decidió cobrarnos.
Respiré.
Recuperé mis maletas.
Y pensé:
Así es también la Ciudad de México, con todas sus contradicciones. Una ciudad donde el ingenio puede servir para sobrevivir, para crear, para hacer maravillas… y también para robarte.
Pero mientras me alejaba de aquel taxi ocurrió algo todavía más extraño.
Sentí que esa historia ya la había vivido.
Y entonces apareció mi madre.
Hace muchísimos años yo era muy joven. Mamá me mandó desde Oaxaca a visitar a una de mis hermanas que vivía en Nezahualcóyotl.
Pero Neza no era entonces lo que es ahora.
Aquello era otro mundo: calles difíciles, barrios sin servicios, polvo, lodo, pobreza y una enorme periferia que apenas comenzaba a convertirse en ciudad.
Llegué a la terminal TAPO y tomé un taxi.
También aquel chofer se dio cuenta inmediatamente de que frente a él tenía a un muchacho provinciano que desconocía la ciudad.
Me cobró lo que quiso.
Pero aquello no fue todo.
Entre las cosas que mamá me había encargado llevarle a mi hermana iba una gallina.
Sí.
Una gallina.
Y el cabrón del taxista también me bajó la gallina.
Durante años aquella historia quedó guardada entre las muchas aventuras de mi juventud.
Hasta ayer.
Décadas después, nuevamente estaba yo dentro de un taxi en la Ciudad de México, mirando un taxímetro desbocado y preguntándome cómo carajos había vuelto a caer en algo parecido.
Entonces me dio risa.
La vida tiene maneras muy extrañas de devolvernos las escenas.
El muchacho que llegó alguna vez a la TAPO cargando una gallina que su madre mandaba a su hermana, ayer volvió a encontrarse con aquel hombre que ahora recorre la misma ciudad cargando maletas, compromisos, reuniones, recuerdos, amigos que se han ido, padres que ya no están físicamente y una vida entera a cuestas.
Quizá por eso pensé:
Creo que estoy cerrando ciclos.
Y después me estremeció la frase.
Porque cerrar ciclos también puede sonar a despedida.
A esas despedidas paulatinas que uno comienza a reconocer cuando ha vivido lo suficiente para descubrir que muchas cosas suceden por última vez sin que sepamos que son la última vez.
Pero no.
Tal vez cerrar ciclos no sea necesariamente prepararse para partir.
Quizá sea algo mucho más hermoso: volver al mismo lugar siendo otro.<(p>
Aquel muchacho perdió una gallina.
Este hombre perdió unos pesos.
Pero entre aquel taxi y el de ayer transcurrió prácticamente una vida.
Y aquí sigo.
Mirándola.
Recordándola.
Escribiéndola.
Y descubriendo que, cuando uno comienza a juntar las piezas de su propia historia, hasta un pinche taxi puede convertirse en una puerta hacia la memoria.
Esto se está poniendo interesante.
Muy interesante.









































