Los jóvenes que Oaxaca expulsa
México envejece y el debate sobre las pensiones también plantea quién cuidará a sus adultos mayores.
México envejece y el debate sobre las pensiones también plantea quién cuidará a sus adultos mayores.
Oaxaca de Juárez, Oaxaca.— En Oaxaca hablamos mucho de los jóvenes. Aparecen en los discursos de campaña, en los programas de gobierno, en los foros, en las fotografías oficiales y en las estructuras partidistas. Se les llama “el futuro”, se les convoca a participar, se les pide entusiasmo, se les invita a creer.
Pero cuando se apagan los micrófonos y termina la elección, miles de jóvenes de nuestras comunidades indígenas y rurales vuelven a enfrentarse a la misma pregunta de siempre:
¿De qué voy a vivir?
Yo conozco esa realidad porque la viví en carne propia.
Vengo de una comunidad con ese perfil y de una familia de escasos recursos. Vi a mis padres trabajar muy duro, todos los días, y aun así no alcanzaba a mirar un futuro cierto. Desde muy joven entendí que tenía que buscar una salida, no solamente para superarme, sino porque llevaba dentro una preocupación que nunca me abandonó: algún día tenía que ayudar a mis padres a salir de la pobreza.
No era una reflexión académica.
Era la vida.
Era mirar alrededor y descubrir que el horizonte era muy estrecho.
¿Qué opciones tenía entonces?
Quedarme en el pueblo, reproduciendo prácticamente las mismas condiciones de vida que había conocido desde niño. Para mí aquello era impensable.
Irme al seminario católico y convertirme en sacerdote, una de las pocas instituciones que para un muchacho sin recursos podía significar techo, alimentación y la posibilidad de continuar estudiando.
O enlistarme en el Ejército, que representaba otra de las escasas puertas para salir del pueblo, tener un ingreso y encontrar cierta seguridad.
Ése era, en buena medida, mi horizonte.
Y cuando recuerdo aquel muchacho que fui, me pregunto cuántos jóvenes de nuestras comunidades siguen hoy parados frente a una encrucijada semejante.
Han pasado décadas.
Tenemos internet, teléfonos inteligentes, nuevas universidades, programas sociales, becas y discursos de bienestar.
Han cambiado gobiernos, partidos, gobernadores, presidentes y funcionarios.
Pero para demasiados jóvenes la pregunta esencial sigue siendo la misma:
¿Qué hago con mi vida si aquí no tengo de qué vivir?
Ésa es la parte que debería avergonzarnos.
No que un joven quiera abandonar su comunidad para conocer el mundo. Tiene todo el derecho.
Lo grave es que la pobreza decida por él antes de que pueda decidir por sí mismo.
Porque eso fue lo que ocurrió con generaciones enteras: antes de descubrir qué queríamos ser, tuvimos que descubrir cómo sobrevivir.
En muchas comunidades indígenas de Oaxaca, un joven termina la secundaria y se encuentra frente a opciones brutalmente limitadas: quedarse trabajando una pequeña parcela, incorporarse a algún empleo precario o migrar.
El campo tampoco ofrece hoy, en muchos lugares, una verdadera posibilidad de movilidad social.
Minifundio.
Monocultivo.
Autoconsumo.
Poca tecnología.
Escaso acceso al crédito.
Cadenas de comercialización injustas.
Productos que salen baratos de las comunidades y regresan caros después de haber sido procesados por otros.
La tierra puede ayudar a comer.
Pero muchas veces ya no alcanza para construir un proyecto de vida para los hijos.
Entonces los jóvenes se van.
Se van a Oaxaca, Puebla, Ciudad de México, Monterrey, Cancún, Los Cabos, a los campos agrícolas del norte o a Estados Unidos.
Pero habría que preguntarnos con seriedad:
¿A qué futuro llegan cuando salen?
Muchas jóvenes terminan como trabajadoras del hogar, empleadas en restaurantes, comercios o servicios.
Muchos muchachos terminan como diableros y cargadores en los mercados, peones en las obras, jornaleros, ayudantes generales o trabajadores informales.
Otros llegan a talleres donde aprenden un oficio trabajando: mecánica, carpintería, herrería, electricidad, construcción.
Y ahí aparece una paradoja dolorosa: muchas veces terminan aprendiendo en la calle aquello que ninguna institución tuvo la capacidad de enseñarles oportunamente en su región.
Algunos estudian y trabajan simultáneamente.
Algunos logran atravesar todas las dificultades y obtener un título profesional.
Pero son pocos.
Y no deberíamos utilizar esas historias excepcionales para repetir la frase cómoda de que “el que quiere puede”.
Precisamente esas excepciones demuestran cuánto cuesta salir adelante cuando se parte desde abajo.
Yo pude salir.
Pude estudiar.
Pude construir otro camino.
Pero después de tantos años no quiero que mi historia sea presentada como demostración de que el sistema funciona.
Al contrario.
Sé cuánto cuesta escapar de las condiciones que te fueron impuestas al nacer.
Ningún joven debería necesitar una hazaña personal para ejercer su derecho elemental a construir una vida digna.
También existe una realidad más oscura.
Hay jóvenes que salen sin dinero, sin contactos, sin redes de apoyo y con necesidad inmediata de trabajar. En ese contexto algunos quedan expuestos al reclutamiento de grupos criminales.
No porque la pobreza produzca delincuentes.
Sino porque la precariedad, el abandono, el desarraigo y la desesperanza vuelven más vulnerable a quien siente que nadie le ofrece otra salida.
Hay que decirlo con claridad:
muchos jóvenes salen buscando una vida mejor y terminan encontrando solamente otra forma de sobrevivir.
Y mientras todo esto ocurre, la clase política continúa hablando de ellos.
Cada elección aparecen nuevamente los candidatos.
Salen de sus oficinas.
Regresan a los pueblos.
Se ponen sombrero.
Comen en una cocina comunitaria.
Se toman la fotografía.
Prometen caminos, escuelas, empleo, hospitales y apoyos.
Hablan de los jóvenes.
Los llaman a sumarse.
Les piden caminar.
Les piden organizar.
Les piden llenar reuniones.
Les piden defender candidatos.
Les piden votar.
Y demasiadas veces, terminada la elección, los vuelven a desechar.
Los jóvenes terminan convertidos en carne de cañón electoral.
Sirven mientras hay que conquistar el poder.
Después vuelven a ser invisibles.
Por eso esta reflexión no debe dirigirse solamente a los partidos.
Hay que interpelar al Estado.
Hay que interpelar a los gobiernos.
Hay que interpelar a los dueños del poder económico.
Hay que interpelar a quienes han acumulado riqueza mientras amplias regiones siguen viviendo sin oportunidades.
Hay que interpelar a los intelectuales.
A los académicos.
A quienes se presentan como especialistas en desarrollo rural.
A quienes llevan décadas elaborando diagnósticos sobre pobreza, marginación, comunidades indígenas y migración.
A quienes organizan seminarios sobre Oaxaca desde hoteles y auditorios mientras los jóvenes siguen abandonando los pueblos.
Hay que hacerles una pregunta muy sencilla:
¿Dónde están los resultados?
Porque llevamos décadas hablando de desarrollo.
Décadas hablando de pueblos indígenas.
Décadas hablando de combate a la pobreza.
Décadas creando dependencias, institutos, programas, universidades y estrategias.
Y sin embargo seguimos mirando comunidades que se vacían de jóvenes.
Algo no está funcionando.
Es verdad que los gobiernos han creado preparatorias.
Es verdad que existen becas.
Es verdad que se han abierto universidades.
Pero también debemos tener el valor de preguntar por la calidad.
No basta construir un edificio y colocarle la palabra “universidad”.
No basta presumir matrícula.
No basta entregar una beca.
Si esas instituciones carecen de buenos profesores, laboratorios, bibliotecas, tecnología, vinculación productiva, investigación y estándares académicos sólidos, terminamos creando algo profundamente injusto:
educación de primera para quienes pueden pagarla y educación de bajo perfil para quienes nacieron pobres.
Eso también es desigualdad.
Los hijos de las comunidades indígenas tienen exactamente el mismo derecho a una educación excelente que los jóvenes de cualquier gran ciudad.
No necesitan universidades de consolación.
Necesitan universidades buenas.
Pero incluso antes de hablar de calidad educativa existe una realidad todavía más elemental.
El joven no puede estudiar si primero tiene que resolver qué va a comer.
Puede existir una preparatoria en la cabecera.
Puede existir una universidad a cuarenta kilómetros.
Puede existir una beca.
Pero si en su casa faltan ingresos, si tiene que ayudar a sembrar, si debe trabajar para contribuir con sus padres, si no tiene para transporte o alimentación, la escuela seguirá estando lejos.
Aunque esté cerca.
Por eso el problema de los jóvenes rurales e indígenas no puede resolverse únicamente con política educativa.
Se necesita una verdadera política de arraigo y movilidad social.
Que estudiar sea posible.
Que aprender un oficio sea digno.
Que trabajar el campo vuelva a ser económicamente viable.
Que emprender no sea privilegio de quien tiene capital.
Que un muchacho pueda aprender electricidad, soldadura, mecánica, carpintería, programación, sistemas solares, refrigeración o mantenimiento sin tener que migrar primero para conseguir quién se lo enseñe.
Que una joven pueda estudiar sin verse obligada a abandonar su comunidad porque no existe ninguna oportunidad cercana.
Que se creen verdaderos sistemas regionales de aprendizaje remunerado: aprender trabajando y recibir un ingreso mientras se aprende.
Que el campo deje de ser exclusivamente productor de materias primas y autoconsumo.
¿Por qué no transformar dentro de las regiones el café, la miel, el maíz, las frutas, el agave, las plantas medicinales, las artesanías y tantos productos que hoy generan riqueza fuera de las comunidades?
¿Por qué no construir pequeñas agroindustrias regionales?
¿Por qué no formar cooperativas juveniles?
¿Por qué no utilizar tecnología para producir más y mejor?
¿Por qué no crear fondos de financiamiento específicamente diseñados para jóvenes indígenas y rurales?
¿Por qué no hacer de la conectividad digital una herramienta de trabajo y no solamente de entretenimiento?
Todo eso es posible.
Lo que falta muchas veces no es imaginación.
Falta decisión política.
Falta dejar de administrar pobreza y comenzar a generar posibilidades.
Y aquí debemos interpelar también al poder económico.
No puede seguir concentrándose la inversión únicamente donde ya existe infraestructura, mercado y rentabilidad inmediata.
Si Oaxaca quiere detener el vaciamiento de sus comunidades, también necesita inversión regional responsable.
Empresas.
Cooperativas.
Capital social.
Crédito.
Mercados.
Cadenas de valor.
No para despojar a las comunidades de sus recursos, sino para generar riqueza con ellas y para ellas.
Los intelectuales y especialistas también tienen una responsabilidad.
Durante años se ha romantizado a veces la vida comunitaria.
Se habla de comunalidad.
De cosmovisión.
De identidad.
De territorio.
Todo eso tiene un enorme valor.
Pero existe el riesgo de convertir la pobreza en folclor.
No podemos decirle a un joven que preserve su cultura mientras ignoramos que no tiene ingresos para vivir.
No podemos pedirle que se quede en su comunidad en nombre de la identidad si quedarse significa renunciar a cualquier aspiración de mejorar.
La cultura no debe utilizarse como argumento para resignarse a la pobreza.
Los pueblos indígenas tienen derecho a conservar su identidad.
Pero también tienen derecho a la prosperidad.
Y los jóvenes tienen derecho a decidir.
Quedarse.
Salir.
Estudiar.
Trabajar.
Migrar.
Regresar.
Emprender.
Viajar.
Conocer el mundo.
El problema no es que se vayan.
El problema es que irse sea prácticamente la única salida.
Ésa es la verdadera tragedia.
Por eso también debemos interpelar a esos políticos que cada elección vuelven a sacar la cabeza.
A esos que conocen perfectamente el camino hacia las comunidades cuando necesitan votos.
A esos que aparecen con discursos de justicia social, de pueblos originarios, de transformación y de bienestar.
A todos ellos habría que preguntarles:
¿Dónde estuvieron cuando ese muchacho tuvo que abandonar la secundaria porque no tenía para comer?
¿Dónde estuvieron cuando aquella joven se fue a trabajar como empleada doméstica?
¿Dónde estuvieron cuando un muchacho tuvo que migrar al norte porque su parcela ya no producía suficiente?
¿Dónde estuvieron cuando otro joven fue enganchado por el crimen porque alguien le ofreció en una semana lo que el Estado nunca fue capaz de ofrecerle en años?
¿Dónde estuvieron cuando la comunidad empezó a quedarse sin muchachos?
Porque el Estado no debería aparecer solamente cuando existe una elección.
Debería aparecer cuando todavía estamos a tiempo de cambiar una vida.
Ahí debería estar la política.
Ahí debería estar el gobierno.
Ahí debería estar la inversión.
Ahí debería estar la universidad.
Ahí debería estar la inteligencia del país.
No cuando el joven ya se fue.
No cuando ya abandonó la escuela.
No cuando ya perdió la esperanza.
No tres meses antes de las elecciones.
Antes.
Estamos frente a una generación de jóvenes que no pide privilegios.
Pide posibilidades.
No pide que le regalen la vida.
Pide condiciones para construirla.
Y mientras sigamos llamándolos “el futuro” pero utilizándolos como operadores electorales, como carne de cañón y como cifras en informes gubernamentales, seguiremos cometiendo una enorme hipocresía.
Oaxaca no puede seguir expulsando a sus jóvenes y después presumir que está construyendo bienestar.
No puede hablar de desarrollo mientras sus pueblos se vacían.
No puede hablar de derechos indígenas mientras miles de muchachos tienen que abandonar su territorio porque dentro de él no encuentran de qué vivir.
No puede hablar de juventud mientras la política sólo recuerda a los jóvenes cuando necesita votos.
Ésta es, entonces, la interpelación:
Al Estado: ¿qué futuro concreto está construyendo para los jóvenes rurales e indígenas?
A los partidos: ¿van a seguir utilizándolos y desechándolos después de cada elección?
Al poder económico: ¿hasta cuándo la inversión seguirá pasando de largo frente a las comunidades más pobres?
A los intelectuales y especialistas: ¿cuántos diagnósticos más necesitamos antes de reconocer que algo fundamental ha fracasado?
Y a quienes aspiran nuevamente al poder: antes de pedir el voto de los jóvenes, díganles qué van a hacer para que puedan vivir con dignidad.
No qué programa van a anunciar.
No qué lema van a imprimir.
No qué beca van a presumir.
Qué vida podrán construir.
Porque quizá la pregunta más importante de Oaxaca ya no sea por quién votarán sus jóvenes.
La verdadera pregunta es otra:
¿Qué estamos haciendo para que todavía quieran construir su futuro aquí?
Mientras no podamos responderla, las comunidades seguirán despidiendo muchachos.
Y los políticos seguirán regresando cada elección a buscar votos entre los pueblos que ellos mismos ayudaron a vaciar.
Los jóvenes no necesitan que el poder les prometa el futuro. Necesitan que deje de arrebatárselo.
¡Ya dejen de jugar con la dignidad de nuestro pueblo!









































