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Yo amortajé a mi amigo entre los muertos del 85

Recuerdo del terremoto del 19 de septiembre de 1985, la búsqueda de un amigo y el momento en que lo amortajé entre miles de víctimas.

Imagen de un edificio derrumbado, entre muchos otros, en México 1985
México 1985, un episodio doloroso en la historia nacional.|Foto: Blue Jays

Oaxaca de Juárez, Oaxaca.— En 1985 yo era un muchacho provinciano, deseoso de estudiar y abrirme camino. Vivía con mis tías Tina —Enedina— y Reinita, en su casa de Ojo de Agua, Tecámac, Estado de México.

Aquella mañana debía trasladarme, como todos los días, a la Universidad La Salle. Pero poco después de las siete escuchamos el tronido y sentimos el tremor de la tierra, como si algo inmenso se quebrara debajo de nosotros. Las paredes crujieron, los objetos comenzaron a caer y el miedo se apoderó de todos.

No era solamente un temblor.

Era la tierra mostrando su fuerza, estremeciéndonos el cuerpo y el alma. Era el comienzo de una tragedia que cambiaría para siempre la historia de México.

En medio de la confusión apareció mi amigo Antonio Flores Parra, quien pasó por mí en su vochito. Juntos nos encaminamos hacia una ciudad herida, sin alcanzar todavía a comprender la dimensión de lo que había sucedido.

La Ciudad de México se había convertido en un paisaje de destrucción: edificios derrumbados, calles cubiertas de polvo, sirenas, gritos, heridos, muertos y familias enteras buscando desesperadamente a los suyos.

Mientras las autoridades parecían rebasadas, el pueblo tomó las calles. Con las manos desnudas, con palas, picos, cuerdas y una voluntad inquebrantable, miles de ciudadanos comenzaron a remover los escombros.

Entre aquellos recuerdos permanece, con un dolor muy profundo, el nombre de mi amigo, el doctor Alfonso Chairez Meza.

Después de buscarlo, lo hallé entre miles de cuerpos en el parque de béisbol del Seguro Social. Ahí me correspondió vivir uno de los momentos más dolorosos de mi juventud: yo mismo lo amortajé y recé por él.

Con mis propias manos preparé el cuerpo de mi amigo para su último viaje. Mientras lo hacía, mi voz temblaba al pronunciar las oraciones. Frente a mí no estaba solamente una de las víctimas del terremoto: estaba Alfonso, el amigo, el médico, el ser humano con quien había compartido un tramo de la vida.

Amortajar a un amigo es cubrir con una tela una parte de nuestra propia historia. Es despedir su cuerpo mientras el alma se resiste a aceptar que ya no volveremos a escuchar su voz ni a encontrar su mirada.

En aquel parque de béisbol del Seguro Social había miles de cuerpos, llanto, rezos y silencios. Las familias caminaban entre los fallecidos buscando algún rostro conocido. Cada cuerpo tenía una historia; cada nombre, una familia; cada silencio, una ausencia que apenas comenzaba.

Hasta ese lugar llegó un equipo de Discovery Channel para grabar lo que estaba ocurriendo. Nos hicieron varias entrevistas y quien llevaba el micrófono era Elena Poniatowska, la escritora que supo escuchar las voces de un pueblo devastado, pero también profundamente solidario.

Hablar frente a una cámara no era sencillo. Todavía llevábamos el miedo dentro del cuerpo, el polvo de los derrumbes parecía flotar en el aire y el tremor de la tierra continuaba resonando en nuestros oídos.

Muchos de quienes murieron fueron trasladados al panteón de San Nicolás Tolentino, cerca del Cerro de la Estrella, en Iztapalapa. Allí existe una fosa común que guarda parte de aquella tragedia: seres humanos que perdieron la vida y que, en muchos casos, no pudieron ser identificados ni despedidos dignamente por sus familias.

Una fosa común no guarda números.

Guarda vidas interrumpidas, abrazos que no pudieron darse, mesas en las que quedó una silla vacía y familias que continuaron esperando una puerta que nunca volvió a abrirse.

Han transcurrido más de cuatro décadas, pero hay recuerdos que no envejecen.

Todavía puedo escuchar aquel tronido.

Todavía puedo sentir el tremor de la tierra.

Todavía recuerdo el vochito de Antonio Flores Parra abriéndose paso en medio de la incertidumbre.

Y todavía puedo verme entre miles de cuerpos, buscando hasta encontrar al doctor Alfonso Chairez Meza, mi amigo; amortajándolo y elevando una oración por su alma en aquel parque de béisbol del Seguro Social.

El terremoto de 1985 nos enseñó que una tragedia puede derribar edificios, pero también puede levantar conciencias. De entre los escombros nació una ciudadanía organizada, solidaria y valiente, capaz de actuar cuando las instituciones no respondían.

Hoy vuelvo a nombrar al doctor Alfonso Chairez Meza y, con él, a todas las personas que perdieron la vida aquel 19 de septiembre.

También recuerdo a quienes escarbaron con sus propias manos; a quienes llevaron agua, comida y medicinas; a quienes donaron sangre; a quienes guardaron silencio para escuchar alguna voz debajo de los escombros; y a quienes, aun muertos de miedo, decidieron ayudar.

Yo sobreviví para contarlo.

Y mientras tenga memoria, regresaré a aquella mañana para decir que ahí estuvieron, que tuvieron un nombre, que fueron amados y que México no tiene derecho a olvidarlos.

19 de septiembre de 1985.

El día en que sentimos el tremor de la tierra, la ciudad cayó y el pueblo de México se puso de pie.

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