Vasconcelos y la distancia entre llegar al poder y saber gobernar
José Vasconcelos entendió que transformar un país exigía educación, preparación y capacidad para convertir las ideas en instituciones.
Pinotepa Nacional, Oaxaca.— José Vasconcelos fue muchas cosas: escritor, filósofo, educador, funcionario, candidato presidencial y político. También fue un hombre de enormes contradicciones. Quizá por eso resulte más útil leerlo hoy que convertirlo en estatua.
Hay una idea que atraviesa buena parte de su pensamiento: la educación como instrumento para transformar la realidad. No como adorno intelectual, sino como capacidad para comprender, organizar y construir.
Y ahí aparece una pregunta incómoda para Oaxaca: ¿cuál es la distancia entre llegar al poder y estar preparado para ejercerlo?
Porque ganar una elección y gobernar son dos oficios distintos.
La primera depende de votos, organización política, simpatías, estructuras y, muchas veces, de circunstancias que poco tienen que ver con la capacidad administrativa. La segunda exige algo bastante menos fotogénico: conocimiento, disciplina, equipo, gestión, negociación y rendición de cuentas.
En El desastre, Vasconcelos dejó testimonio de su experiencia al frente de la educación pública mexicana. En El proconsulado narró desde su propia perspectiva la aventura política que lo llevó a disputar la Presidencia en 1929. Sus libros permiten mirar el poder no desde la tribuna, sino desde sus dificultades: la distancia entre la idea y la ejecución, entre el proyecto y los intereses que aparecen cuando alguien intenta convertirlo en realidad.
Eso viene a cuento, porque en Oaxaca hemos terminado aceptando algo que debería preocuparnos: que una persona pueda ser empujada hacia una candidatura sin que nadie pregunte seriamente si está preparada para gobernar.
No hablo de títulos universitarios. Un diploma no fabrica un buen presidente municipal. Tampoco la ausencia de estudios condena a alguien a ser mal gobernante.
Hablo de otra cosa: preparación para el cargo.
Saber leer un presupuesto. Entender una regla de operación. Distinguir una obra políticamente atractiva de una obra técnicamente viable. Tener un equipo capaz. Saber gestionar ante el Gobierno del Estado y la Federación. Conocer a quién acudir para destrabar un proyecto. Saber negociar sin entregar la dignidad institucional.
Y sí: tener relaciones.
La palabra lobby suele producir sospechas, pero existe una diferencia enorme entre tráfico de influencias y gestión institucional. Un presidente municipal necesita interlocución. Necesita sentarse con funcionarios, legisladores, empresarios, organizaciones sociales y autoridades de otros niveles. Necesita explicar un proyecto, conseguir recursos, tocar puertas y defender los intereses de su municipio.
La política no termina cuando se gana la elección. En realidad, ahí comienza la parte difícil.
Y después viene algo todavía menos atractivo: rendir cuentas.
Decir cuánto dinero llegó. Cuánto se gastó. Qué empresa ejecutó una obra. Cuánto costó. Qué se terminó. Qué quedó pendiente. Qué salió mal y quién asumió la responsabilidad.
Porque también hay una forma de gobernar basada en fotografías de inauguración y otra basada en resultados verificables.
Vasconcelos, por supuesto, no es un manual para administrar municipios oaxaqueños. Tampoco conviene santificarlo. Su trayectoria política estuvo llena de luces y sombras. Pero justamente su experiencia permite recordar algo elemental: las grandes ideas necesitan personas capaces de convertirlas en instituciones.
El problema de nuestra política no es que haya gente sin títulos buscando gobernar. El problema aparece cuando la ambición de llegar crece mucho más rápido que la preparación para responder.
Un presidente municipal puede aprender en el cargo. Debe hacerlo. Pero también debe llegar dispuesto a escuchar, rodearse de profesionales y reconocer aquello que no sabe.
Porque la improvisación puede ser tolerable en una campaña. En el gobierno se paga con caminos que no llegan, obras que no funcionan, recursos que se pierden y comunidades que esperan.
Los partidos tienen derecho a postular. Los ciudadanos tienen derecho a elegir. Pero después de la elección empieza la obligación de gobernar.
Y quizá ahí está la verdadera lección de Vasconcelos: la educación no sirve solamente para acumular conocimientos; sirve para adquirir la capacidad de transformar la realidad.
Llegar al poder es una hazaña electoral. Saber ejercerlo es una obligación pública.
Entre ambas cosas existe una distancia enorme.
Y Oaxaca lleva demasiado tiempo cruzándola a tientas.
Contar con presidentes municipales preparados también le conviene al gobernador. Un ayuntamiento que sabe hacer proyectos, gestionar recursos, ordenar sus finanzas y coordinarse con el Estado y la Federación multiplica la capacidad de gobierno; uno que improvisa obliga al Ejecutivo estatal a corregir, destrabar y resolver lo que debió llegar resuelto.
Porque un buen alcalde no le quita poder al gobernador: le quita problemas. Y cuando los municipios tienen capacidad para gestionar, rendir cuentas y ejecutar, el Gobierno del Estado puede concentrarse en los asuntos que corresponden a su propia dimensión y no convertirse en ventanilla de emergencia de cada ayuntamiento.
... sin agresión. Fue al balón.
Importante
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