Que los pueblos indígenas lleguen al poder
Se ha avanzado en el reconocimiento de pueblos indígenas y afromexicanos, pero aún falta convertir visibilidad en poder.
Oaxaca de Juárez, Oaxaca.— Hay avances que merecen ser reconocidos, incluso cuando todavía no alcanzan para cambiar la historia. Los pueblos indígenas y afromexicanos están hoy más presentes que nunca en el discurso público. Se les nombra, se habla de sus derechos, de su cultura y de su aportación al país. El Estado los mira, al menos en el lenguaje, con una atención que durante demasiado tiempo les negó.
No es poca cosa. Durante décadas fueron una presencia conveniente para la fotografía, una raíz invocada en los discursos y olvidada en los presupuestos. Ahora existe un espacio público más amplio para visibilizarlos. Las reformas constitucionales de 2024 los reconocieron como sujetos de derecho público y también se ha abierto la posibilidad de que los recursos lleguen directamente a sus comunidades.
Conviene reconocerlo sin ingenuidad.
Porque entre ser reconocido y tener poder hay una distancia que no se recorre con discursos.
Claudia Sheinbaum lo dijo en Oaxaca: ningún gobierno, a su juicio, había reconocido como ahora a los pueblos indígenas y afromexicanos. Puede discutirse la dimensión histórica de la afirmación, pero sería injusto negar que hoy ocupan un lugar central en la conversación pública.
La pregunta incómoda está en otro sitio: ¿cuántos líderes de esos pueblos están sentados donde se decide?
No donde se les recibe. No donde se les escucha durante una ceremonia. Hablamos de los lugares donde una firma cambia un presupuesto, donde se decide qué carretera se construye, qué hospital funciona, qué escuela tiene recursos o qué comunidad seguirá esperando.
Ahí la fotografía cambia.
Porque visibilizar no es todavía empoderar. Nombrar no es gobernar. Reconocer derechos no garantiza que quienes poseen esos derechos tengan la fuerza política para hacerlos valer.
Oaxaca conoce demasiado bien esa diferencia. Aquí los pueblos originarios no son una estadística: son comunidades vivas, con lenguas, memoria, territorio y formas propias de organización. Y, sin embargo, la distancia entre esa riqueza y los centros reales de decisión continúa siendo enorme.
El siguiente capítulo debería ser otro: que el poder no solamente hable de ellos, sino que ellos ocupen más espacios de poder. No como adorno democrático ni para completar una fotografía. Para decidir.
Porque el verdadero reconocimiento comienza cuando ya no hace falta que alguien desde arriba explique que los pueblos existen. Cuando sus propios liderazgos tienen capacidad para disputar el presupuesto, construir políticas públicas y cambiar las condiciones de vida de sus comunidades.
Se ha avanzado. Hay que decirlo. Se les menciona como nunca. También. Se abrió un espacio público para visibilizarlos.
Pero no confundamos la puerta abierta con la casa entregada.
Falta muchísimo para que la representación se convierta en poder y para que ese poder se traduzca en algo tan sencillo y tan difícil como vivir mejor.
... sin agresión. Fue al balón.
Importante
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