El fracaso de la Guelaguetza 2026 y el derrumbe de un modelo turístico, político y cultural
El fracaso de la Guelaguetza 2026 y el derrumbe de un modelo turístico, político y cultural
La baja ocupación no representa solamente un mal resultado para los propietarios de hoteles, sino una afectación que alcanza a restaurantes, entre otros.
La baja ocupación no representa solamente un mal resultado para los propietarios de hoteles, sino una afectación que alcanza a restaurantes, entre otros.
La Guelaguetza no es un festival cualquiera ni puede reducirse a un espectáculo folclórico organizado para satisfacer la agenda turística de un gobierno en turno, pues representa uno de los patrimonios culturales vivos más importantes de México, una expresión histórica de reciprocidad entre los pueblos de Oaxaca y, al mismo tiempo, el principal escaparate económico y simbólico del estado ante el país y el mundo. Precisamente por esa relevancia, los resultados de la edición 2026 no pueden minimizarse mediante boletines oficiales, discursos triunfalistas o cifras seleccionadas para sostener una narrativa que parece cada vez más distante de la experiencia cotidiana de hoteleros, comerciantes, restauranteros, artistas y ciudadanos.
La evidencia más contundente del fracaso de la estrategia turística no surgió de los partidos de oposición ni de una campaña adversa en redes sociales, sino de los propios empresarios del sector, quienes reportaron una ocupación hotelera de apenas 38 por ciento durante la temporada más importante del año para la capital oaxaqueña. Cuando más de la mitad de las habitaciones permanece disponible en pleno mes de la Guelaguetza, mientras los hoteles recurren a promociones de último momento y los negocios esperan clientes que no llegan, resulta insostenible hablar de éxito, sobre todo después de que las proyecciones oficiales anticiparon una afluencia y una ocupación muy superiores.
La baja ocupación no representa solamente un mal resultado para los propietarios de hoteles, sino una afectación que alcanza a restaurantes, mercados, transportistas, guías turísticos, artesanos, cocineras tradicionales y pequeños comerciantes que esperan durante meses la llegada de julio para recuperar ingresos y sostener sus actividades. La distancia entre las expectativas anunciadas por el gobierno y la realidad descrita por quienes viven del turismo obliga a preguntar con qué metodología se elaboraron las estimaciones, cuánto dinero público se destinó a la promoción y quién asumirá la responsabilidad por una estrategia que no produjo los resultados prometidos, porque gobernar no consiste en fabricar cifras para alimentar la propaganda, sino en evaluar, corregir y rendir cuentas.
Parte del problema parece encontrarse en la excesiva comercialización y multiplicación de presentaciones de la Guelaguetza en otras ciudades, estados y países, mediante una estrategia que terminó por diluir el carácter excepcional de la celebración y redujo el incentivo para viajar a Oaxaca. La promoción turística debería despertar el deseo de conocer la fiesta en su territorio, dentro de su contexto comunitario y vinculada con la historia de sus pueblos, no convertirla en un espectáculo itinerante que puede reproducirse en cualquier plaza, feria o escenario institucional, despojado de las relaciones de reciprocidad, memoria e identidad que le otorgan sentido.
El deterioro no fue solamente económico, sino también político, como quedó demostrado por los abucheos y rechiflas dirigidos contra funcionarios durante los actos inaugurales, expresiones que no deben interpretarse como una simple descortesía ni como una anécdota incómoda, sino como una forma espontánea de protesta frente a un gobierno que parece haber perdido la capacidad de escuchar. Que la inconformidad ciudadana haya irrumpido precisamente en la máxima fiesta del estado resulta profundamente significativo, porque convirtió un acto diseñado para exaltar la imagen institucional en un escenario público de rechazo, mientras las grabaciones circularon en redes sociales y exhibieron la creciente distancia entre las autoridades y una parte de la sociedad oaxaqueña.
A este ambiente de inconformidad se sumó el retiro de obras e intervenciones artísticas colocadas en fachadas por colectivos urbanos, una decisión del gobierno municipal que alimentó la percepción de intolerancia frente a expresiones culturales independientes. Aunque toda intervención en el espacio público debe atender reglas claras, criterios de conservación y derechos de propiedad, la respuesta institucional no puede reducirse al retiro unilateral sin diálogo, explicación suficiente ni reconocimiento del valor que el arte urbano ha adquirido dentro de la identidad contemporánea de la ciudad, sobre todo cuando resulta paradójico que las autoridades exalten la creatividad oaxaqueña en los escenarios oficiales, pero parezcan incómodas ante las expresiones que no controlan o que contienen una mirada crítica.
La ocupación hotelera de 38 por ciento, los abucheos contra funcionarios y el retiro de obras de colectivos forman parte de un mismo problema, aunque pertenezcan a ámbitos diferentes: la ruptura entre la narrativa institucional y la realidad social. Mientras el gobierno intenta presentar una fiesta exitosa, incluyente y representativa, empresarios reportan pérdidas, ciudadanos protestan durante los actos oficiales y artistas cuestionan decisiones autoritarias sobre el espacio público, de manera que la crisis de la Guelaguetza 2026 no puede entenderse únicamente como una disminución de visitantes, sino como el agotamiento de un modelo de promoción turística y conducción cultural que ha confundido la grandeza de los pueblos de Oaxaca con un producto publicitario administrado desde el poder.
Calificar esta edición como un fracaso cultural sería injusto para las delegaciones, músicos, artesanos y comunidades que preservan sus tradiciones, pues la Guelaguetza seguirá siendo grande porque pertenece a los pueblos y no a las autoridades que temporalmente administran el estado; sin embargo, sí debe hablarse con claridad de un fracaso gubernamental en materia de promoción, planeación y sensibilidad política. El verdadero problema no se encuentra únicamente en los hoteles vacíos, en las rechiflas o en las obras retiradas, sino en la obstinación de un gobierno que parece más interesado en controlar la narrativa que en comprender lo que está ocurriendo, porque las cifras pueden maquillarse, las protestas pueden minimizarse y las paredes pueden volver a pintarse, pero la pérdida de confianza ciudadana difícilmente puede ocultarse bajo los colores de una fiesta.
Importante
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