Oaxaca de Juárez, Oaxaca.—
Hay algo ligeramente cómico —si no fuera tan serio— en que un gobierno tenga que organizar talleres para explicar a sus funcionarios cómo relacionarse con la prensa.
El Gobierno de Oaxaca acaba de poner en marcha un programa permanente de capacitación sobre libertad de expresión y garantías para el ejercicio periodístico. Se hablará de derechos humanos, de democracia y del deber del Estado.
Todo en orden.
Salvo por una pregunta que se queda de pie en medio del salón: ¿qué clase de democracia necesita que le recuerden al poder que debe soportar al que pregunta?
El poder tiene una curiosa relación con los periodistas. Los quiere cerca cuando hay cámaras, lejos cuando hay preguntas y, de ser posible, ocupados cuando llega la hora de explicar los números.
El gobernador Salomón Jara Cruz suele llamarlos “mirones profesionales”.
La expresión merece una defensa.
Eso hacen los periodistas: miran.
Miran lo que se anuncia y lo que se omite. Miran la obra inaugurada y la obra que no termina. Miran el discurso y también la factura. Miran al funcionario cuando sonríe y, sobre todo, cuando deja de sonreír.
El problema no es que miren.
El problema empieza cuando lo que encuentran no coincide con lo que el poder quería que vieran.
Por eso el verdadero examen de este programa no está en los talleres. Estará en la próxima pregunta incómoda. En la investigación que contradiga al boletín. En el reportero que insista cuando ya le dijeron que “el tema está atendido”. En el fotógrafo que levante la cámara cuando alguien preferiría que bajara.
Ahí empieza la democracia de verdad: cuando el poder pierde el control del encuadre.
Porque la libertad de expresión no se demuestra tolerando elogios. Se demuestra soportando la crítica sin convertir al crítico en enemigo.
Un gobierno puede capacitar a mil funcionarios sobre derechos humanos. Pero si a la primera pregunta incómoda aparece el gesto de fastidio, el teléfono que deja de contestar o la descalificación del periodista, todo el curso habrá durado lo que dura un boletín en la pantalla.
La prensa no está para hacer sentir cómodo al poder.
Está para incomodarlo cuando hace falta.
Y quizá por eso los “mirones profesionales” resultan tan molestos: porque el poder puede controlar el discurso, pero no siempre puede controlar dónde apunta la mirada.
La democracia necesita instituciones.
Pero también necesita ojos.
Y cuando esos ojos empiezan a incomodar, más vale recordar que el problema no está en quien mira.
Sin agresión. Fue al balón.