El consumo problemático en los y las adolescentes
La frustración no causa por sí sola el consumo de drogas, pero puede revelar la necesidad de apoyo en adolescentes.
Pinotepa Nacional, Oaxaca.- Hablar del consumo de sustancias en adolescentes no debería reducirse a señalar, juzgar o etiquetar. Detrás de un adolescente que comienza a consumir puede existir una historia que pocas veces nos detenemos a escuchar: dificultades familiares, presión de grupo, problemas escolares, necesidad de pertenencia, ansiedad, tristeza, conflictos personales o simplemente la búsqueda de experiencias que le permitan sentirse aceptado.
El consumo problemático de sustancias psicoactivas representa un desafío para las familias, las instituciones educativas y los servicios de salud. Sin embargo, uno de los principales errores que podemos cometer como sociedad es esperar a que el problema sea evidente para comenzar a actuar.
¿Cuándo debemos preocuparnos?
No todo contacto con una sustancia significa necesariamente que exista un trastorno por consumo. No obstante, existen señales que deben llamar nuestra atención cuando aparecen de manera persistente o comienzan a interferir con la vida cotidiana del adolescente.
Cambios importantes en su comportamiento, disminución del rendimiento escolar, abandono de actividades que anteriormente disfrutaba, aislamiento, conflictos frecuentes en casa, cambios repentinos en sus amistades, alteraciones en sus rutinas y una preocupación creciente por conseguir o consumir sustancias pueden ser indicadores de que algo está ocurriendo y requiere atención. El objetivo no debe ser convertir a los padres en investigadores de sus propios hijos, sino ayudarlos a desarrollar una mirada más sensible y preventiva.
La adolescencia: una etapa de especial vulnerabilidad
La adolescencia es un periodo de importantes cambios físicos, emocionales, sociales y psicológicos. Durante esta etapa se desarrolla progresivamente la capacidad para valorar consecuencias, regular impulsos y tomar decisiones. Esto no significa que todos los adolescentes que experimentan con alguna sustancia desarrollarán posteriormente un problema de consumo. Sin embargo, iniciar el consumo a edades tempranas se relaciona con mayores riesgos para la salud y el desarrollo, particularmente cuando existe consumo frecuente, policonsumo o factores de vulnerabilidad familiares y sociales.
Por ello, la prevención no puede comenzar cuando encontramos una sustancia en la mochila. La prevención comienza mucho antes: cuando preguntamos cómo se siente nuestro hijo, cuando conocemos a sus amigos, cuando establecemos límites claros y cuando construimos un espacio familiar donde hablar de temas difíciles sea posible.
Escuchar antes de castigar
Cuando una madre o un padre descubre que su hijo está consumiendo, es comprensible que aparezcan miedo, enojo, decepción o preocupación. Sin embargo, una reacción basada únicamente en el castigo puede cerrar los canales de comunicación. Preguntar “¿por qué haces esto?” puede ser menos útil que preguntar “¿qué está pasando contigo?”. La diferencia parece pequeña, pero representa un cambio importante: pasamos de buscar culpables a intentar comprender el problema.
Escuchar no significa aprobar el consumo. Poner límites tampoco significa dejar de acompañar. Ambas acciones pueden coexistir.
Un adolescente necesita saber que sus decisiones tienen consecuencias, pero también que puede pedir ayuda sin sentirse automáticamente rechazado o etiquetado.
La familia como factor protector
La evidencia sobre prevención del consumo de sustancias destaca la importancia de fortalecer factores protectores. Entre ellos se encuentran una comunicación familiar adecuada, supervisión parental, establecimiento de normas claras, vínculos afectivos positivos, habilidades para resolver problemas y acceso oportuno a servicios de salud.
Por eso, una pregunta que como adultos deberíamos hacernos no es solamente:
“¿Mi hijo consume?”
También deberíamos preguntarnos:
“¿Mi hijo sabe que puede hablar conmigo cuando tiene un problema?”
Porque la prevención también ocurre en la mesa, durante una conversación, en el acompañamiento escolar, en la manera en que resolvemos los conflictos y en la disposición que tenemos para escuchar.
No debemos esperar a que exista una crisis
Uno de los grandes retos consiste en comprender que pedir ayuda psicológica o profesional no significa que una persona haya “perdido el control” de su vida.
La intervención temprana puede permitir identificar factores de riesgo, fortalecer recursos personales y familiares y determinar qué tipo de atención necesita cada adolescente.
Cada caso debe valorarse de manera individual. No todos los jóvenes necesitan el mismo tratamiento ni todas las familias enfrentan las mismas circunstancias.
Por ello, ante un consumo que genera preocupación, lo recomendable es buscar una valoración profesional y evitar estrategias basadas en la humillación, las amenazas o la estigmatización.
¿Qué podemos hacer como sociedad?
Necesitamos dejar de hablar de las adicciones únicamente desde el miedo y comenzar a hablar también desde la prevención, la educación y la salud mental.
Las escuelas tienen un papel fundamental, pero no pueden asumir solas esta responsabilidad. Las familias necesitan orientación; los adolescentes necesitan espacios seguros para expresarse; y las instituciones deben favorecer el acceso oportuno a servicios de prevención y atención.
Prevenir no significa solamente decirle a un adolescente “las drogas son malas”.
Prevenir significa enseñarle a tomar decisiones, reconocer riesgos, pedir ayuda, manejar sus emociones, construir relaciones saludables y comprender que no necesita consumir una sustancia para pertenecer o demostrar algo ante los demás.
Una responsabilidad compartida
El consumo problemático en adolescentes no es únicamente un problema del joven que consume. Es un fenómeno complejo en el que pueden intervenir factores individuales, familiares, escolares, comunitarios y sociales.
Por eso, señalar al adolescente como “problemático”, “rebelde” o “drogadicto” puede alejarnos precisamente de aquello que necesitamos hacer: comprender, intervenir y prevenir. Detrás de una conducta que nos preocupa existe una persona que necesita ser escuchada y acompañada.
Como padres, docentes y profesionales de la salud mental, tenemos la responsabilidad de mirar más allá de la conducta y preguntarnos qué necesidades existen detrás de ella.
La prevención comienza cuando dejamos de esperar señales extremas para actuar.
Escuchar también es prevenir. Acompañar también es prevenir. Pedir ayuda también es prevenir.
Y, sobre todo, debemos recordar que hablar oportunamente con nuestros adolescentes puede abrir una puerta que el silencio podría mantener cerrada.
Importante
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