Śrī Kṛṣṇa siempre ha estado pendiente de mi caminar por este mundo terrenal, y esa certeza me sorprende cada día más.
Hoy comprendo que nada ha sido casualidad. Al volver la mirada sobre mi propia historia descubro que, desde hace muchos años, el Señor fue dejando pequeñas huellas en mi sendero, esperando pacientemente el momento en que mi conciencia estuviera preparada para reconocerlas.
Hace años, en Oaxaca, un joven misionero me regaló un ejemplar del Bhagavad-gītā. Lo leí con profundo interés, aunque entonces apenas alcanzaba a vislumbrar la inmensidad de su mensaje. Mucho antes, siendo todavía un niño, una revista relacionada con esta tradición llegó inesperadamente a mis manos. Ahora entiendo que aquella también fue una semilla sembrada por la voluntad divina.
Tiempo después, en Puerto Escondido, llevé al brazo izquierdo el sagrado símbolo del Om. Ignoraba que aquel acto era parte de un camino que el Señor ya había trazado para mí desde mucho antes de que yo pudiera comprenderlo.
En 2019, en la Ciudad de México, ocurrió otro de esos momentos que transforman la vida. Abordé un taxi para dirigirme a la oficina provisional del entonces presidente electo, Andrés Manuel López Obrador. El conductor, Fernando , un joven sereno y amable, avanzaba lentamente mientras comía nueces y pistaches. Le pregunté la razón y, con una sonrisa llena de paz, me explicó que observaba el ayuno de Ekādaśī.
Durante aquel trayecto me habló de Śrī Kṛṣṇa, de Śrīmatī Rādhārāṇī, del servicio devocional y del verdadero propósito de la existencia. Sin saberlo, aquel joven sembró en mi corazón una inquietud que nunca volvió a apagarse. Hoy puedo afirmar que ese fue un auténtico llamado divino.
Desde entonces, mi alma comenzó a llenarse de una luz distinta. No ha sido un camino de certezas absolutas, sino de descubrimientos, de preguntas, de silencios fecundos y de un deseo creciente por acercarme al Supremo.
Soy un alma condicionada. Todavía me falta recorrer un largo camino. Apenas aspiro a convertirme en el servidor del servidor del servidor del Señor. Esa sola aspiración ya me llena de humildad y esperanza.
Cada día entiendo un poco más que la conciencia de Kṛṣṇa no consiste únicamente en adquirir conocimientos religiosos; es una manera completamente distinta de mirar la vida. Es descubrir que el Señor habita en cada ser viviente, que sostiene el universo entero y, al mismo tiempo, acompaña con infinita ternura el caminar de cada alma.
Vaya sorpresa, recibí una nueva bendición. Fui invitado al templo de ISKCON, en Chapultepec. Lo vivido ahí difícilmente puede describirse con palabras. Escuchar el santo nombre, contemplar a los devotos, sentir la paz del templo y detener mi mirada en el rostro de Śrīla Prabhupāda despertó en mí una emoción muy profunda.
Comprendí que la espiritualidad auténtica no divide; une. No aleja del mundo; enseña a servirlo mejor. No hace al hombre superior a los demás; lo vuelve más humilde frente a toda forma de vida.
Hoy continúo mi camino con la misma disposición con la que un peregrino avanza hacia un horizonte que sabe infinito. No tengo prisa por llegar. Me basta con caminar, aprender, servir y dejar que sea el propio Señor quien conduzca mis pasos.
Quizá algún día logre comprender plenamente por qué Śrī Kṛṣṇa fue colocando estas señales a lo largo de mi existencia. Mientras tanto, sigo maravillado al descubrir que, incluso cuando yo creía caminar solo, Él ya caminaba conmigo.
Hare Kṛṣṇa.
Radha Krishna.