La memoria hace referencia a los mecanismos asociados con el almacenamiento, retención y recuperación de la información sobre experiencias previas (Sternberg, 2011), esta comprende tres etapas; una fase de retención o registro, esto es cuando los niños reciben la información, un periodo de almacenamiento o de conservación de la información y, por último, la fase de evocación o recuperación de la huella mnémica (marca o registro psíquico duradero de una vivencia) (Ardila y Ostrosky, 2012).
La memoria sensorial es la primera etapa en el proceso de la memoria, implica un reconocimiento momentáneo de los estímulos percibidos por los sentidos. Es una memoria de mínima duración que se desvanece con rapidez.
La memoria sensorial interviene en el buen funcionamiento de otros sistemas de memoria, advierte de forma rápida y eficaz estímulos que deben ser atendidos y resueltos por nuestra memoria a corto plazo, así también conserva particularidades de los recuerdos de origen sensorial hacia la memoria a largo plazo (Esquivel Ancona, Fayne, et al, 2016).
Este tipo de memoria es la capacidad que tiene el cerebro para procesar y almacenar la información sensorial del entorno, en los niños este tipo de memoria es fundamental para el buen aprendizaje y desarrollo. La memoria sensorial se divide en diferentes tipos:
Es muy importante recalcar que muchos niños con autismo suelen tener dificultades con la memoria sensorial, lo que puede afectar su comportamiento y con ello su aprendizaje, así mismo a diario enfrentan desafíos como; sobrecarga sensorial a las luces, sonidos u olores, bastante dificultad en filtrar la información y sensibilidad sensorial. Como madres siempre debemos de tratar de ayudar a nuestros pequeños a que conforme vaya su crecimiento desarrollen lo mejor posible su memoria sensorial con ayuda de rutinas bien establecidas, terapias de estimulación y lo más importante crear espacios cómodos que se adapten a sus necesidades.