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¿Por qué un alcalde de Oaxaca se casa con una lagarta? La historia de la Niña Princesa y el ritual que ha sobrevivido más de 500 años

¿Por qué un alcalde de Oaxaca se casa con una lagarta? La historia de la Niña Princesa y el ritual que ha sobrevivido más de 500 años

Cada verano, una ceremonia ancestral reúne a pueblos originarios para renovar un pacto espiritual con la tierra y el agua.

Cada verano, una ceremonia ancestral reúne a pueblos originarios para renovar un pacto espiritual con la tierra y el agua.

Mientras gran parte del mundo observa la escena con sorpresa, para los habitantes de San Pedro Huamelula, en el Istmo de Tehuantepec, no existe nada extraordinario. Cada año, una lagarta conocida como la Niña Princesa protagoniza una de las ceremonias indígenas más antiguas de México, un matrimonio simbólico que no celebra un romance, sino la alianza entre los pueblos originarios y la naturaleza.

La imagen del presidente municipal sosteniendo en brazos al reptil vestido con un traje tradicional suele recorrer medios internacionales y redes sociales. Sin embargo, detrás de esa fotografía existe una historia de más de cinco siglos que habla de paz, identidad, agricultura, pesca y respeto por la tierra.

Un matrimonio que nunca fue entre un hombre y un animal

A diferencia de la interpretación que suele difundirse fuera de Oaxaca, la ceremonia no representa el matrimonio entre una persona y un reptil.

La Niña Princesa, una lagarta hembra —considerada por algunos cronistas como un caimán mexicano juvenil— simboliza a una antigua princesa del pueblo ikoots (huave), mientras que el presidente municipal representa al pueblo chontal.

El matrimonio es, en realidad, la renovación de un antiguo pacto entre ambas comunidades indígenas, una alianza que, según la tradición oral, puso fin a conflictos territoriales siglos antes de la llegada de los españoles.

Desde entonces, el ritual se convirtió en una petición colectiva para que la naturaleza conceda lluvias suficientes, abundancia en los cultivos, buena pesca y prosperidad para las familias de la región.

La ceremonia que comienza mucho antes de la boda

La celebración inicia varios días antes del enlace.

La Niña Princesa recibe un nombre distinto cada año y es tratada como una invitada de honor. Mujeres de la comunidad la visten con huipil, listones, flores y joyería tradicional, mientras recorre las casas del pueblo acompañada por música de banda y danzas.

Las familias la reciben con comida, flores y ofrendas, porque consideran que su visita atrae bendiciones para el hogar.

El momento más esperado llega con la boda ceremonial, donde autoridades tradicionales, músicos, danzantes y habitantes participan en un acto que mezcla elementos prehispánicos y religiosos incorporados durante la época colonial.

El tradicional beso del alcalde a la Niña Princesa no representa un acto romántico, sino el sello simbólico de un pacto de paz entre dos pueblos que comparten el mismo territorio desde hace siglos.

Mucho más que una curiosidad turística

Aunque cada año las imágenes del ritual se vuelven virales y aparecen en medios de comunicación de todo el mundo, los habitantes de Huamelula insisten en que la ceremonia no debe entenderse como un espectáculo.

Para ellos, la boda representa una forma de agradecer a la naturaleza y reconocer que la vida de la comunidad depende del equilibrio entre el agua, la tierra, el viento y el mar.

En una región donde la pesca y la agricultura continúan siendo el sustento de cientos de familias, pedir lluvias y buenas cosechas mantiene un profundo significado económico, social y espiritual.

Un patrimonio vivo que resiste al paso del tiempo

La boda de la Niña Princesa en Oaxaca es una de las pocas ceremonias indígenas de México que ha logrado conservarse prácticamente intacta durante más de cinco siglos.

Su permanencia demuestra que las tradiciones no sobreviven únicamente por su antigüedad, sino porque siguen teniendo sentido para quienes las practican.

Cada año, San Pedro Huamelula recuerda que la prosperidad no depende únicamente del trabajo humano, sino también del respeto por la naturaleza y de la memoria colectiva que une a sus comunidades.

Mientras el mundo observa una fotografía insólita, Oaxaca conserva una ceremonia que habla de paz, identidad y reciprocidad con la tierra. Quizá por eso, más que una boda, la Niña Princesa representa uno de los símbolos culturales más extraordinarios que siguen vivos en México.

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