Cuarenta años después, México encontró el martillo para romper el muro que durante cuatro décadas separó a toda una generación del anhelado quinto partido. Cayó con los goles de Julián Quiñones (22') y Raúl Jiménez (31'), pero sobre todo cayó por el carácter de un equipo que decidió jugar de cara a la historia y sin temores.
El pletórico Estadio Ciudad de México rugió como no lo hacía un estadio mexicano desde aquel inolvidable verano de 1986 (Universitario de NL). Quienes estuvieron ahí hace cuatro décadas volvieron a abrazar una emoción que creían irrepetible. Los más jóvenes descubrieron esa sensación que sólo el futbol puede regalar: la certeza de estar presenciando un instante destinado a permanecer para siempre en la memoria.
Porque hay noches que no se juegan. Se escriben.
Y México escribió una de las mejores de su historia reciente.
Desde el silbatazo inicial, el equipo de Javier Aguirre salió como si quisiera ajustar cuentas con el tiempo, con la historia. Presionó alto, recuperó rápido, mordió cada balón dividido y convirtió la posesión en una declaración de intenciones. Nada quedaba del equipo intermitente de los partidos anteriores ante Sudáfrica (2-), Corea del Sur (1-0) y Chequia (3-0).
Atrás, Jorge Sánchez, César Montes, Johan Vásquez y Jesús Gallardo levantaron una muralla donde cada cruce parecía una promesa de que esta vez la historia sería distinta.
En medio campo apareció el hombre del partido. Erik Lira, el de Cruz Azul, jugó con la serenidad de los grandes mediocampistas europeos -merece irse-, administrando tiempos, recuperando balones y distribuyendo juego con una madurez extraordinaria. A su lado, Luis Romo sostuvo el equilibrio mientras Gilberto Mora, con apenas 17 años, dejó claro que el futuro ya llegó y también luce europeo. Le faltó el gol para coronar una actuación inolvidable.
Entonces apareció el grito.
—¡Y si sí!... ¡Y si sí!... ¡Y si sí!
No fue un cántico. Fue una oración colectiva. Un llamado a los dioses del futbol para que asomaran al Estadio Ciudad de México y presenciaran la oda.
El estadio entero empujó a un equipo que, lejos de encogerse, respondió con futbol. Con goles.
Roberto Alvarado recorrió la banda, fue y vino, arriba y abajo, como quien sabe que las finales también se ganan corriendo sin balón. Atacó, defendió, recibió golpes y nunca dejó de insistir. Fue suyo el pase que encontró a Julián Quiñones al minuto 22. El delantero controló el tiempo por un instante y colocó el balón junto al poste, donde ni la estirada de Hernán Galíndez pudo alcanzarlo.
México ya había avisado antes. En otros tiempos, esas oportunidades desperdiciadas habrían despertado el viejo fantasma del “ya merito”. Esta vez fue distinto.
Esta vez el miedo cambió de camiseta.
Al minuto 31 llegó el golpe definitivo.
Raúl Jiménez peleó una pelota imposible, combinó con Quiñones y definió con un derechazo seco, sublime, irreal, de esos disparos que no sólo vencen a un portero: también derrotan décadas de frustraciones.
Entonces sí.
Las tribunas dejaron de mirar el reloj.
La cuenta regresiva había comenzado.
Cuando sonó el silbatazo final, el marcador decía 2-0. Pero el resultado era mucho mayor.
México había recuperado algo más valioso que un boleto a los octavos de final.
Había recuperado la fe.
Porque el muro nunca fue Ecuador.
El muro era el miedo.
Y esta generación, con futbol, carácter y valentía, terminó por derribarlo.
¡Y sí... sí!