La distancia que separa a Santiago Nacaltepec de la ciudad de Oaxaca me envolvió en emociones difíciles de explicar. Volver a recorrer esos caminos es también desandar los años; cada curva despierta un recuerdo y cada paisaje aviva la memoria de tantos sueños compartidos. Son viajes que alimentan el alma y renuevan mi esperanza.
Hoy les caí de sorpresa a los hermanos de Santiago Nacaltepec, precisamente en el marco de su fiesta patronal.
Abrazar a cada uno de ellos fue un regalo para el corazón. Volver a mirar los ojos de Luis, Ana, Margarita, Beto, Félix y de tantos amigos entrañables me llenó de una energía que sólo nace cuando el afecto ha resistido el paso del tiempo.
Recordamos aquellos años de lucha compartida, cuando juntos conseguimos el financiamiento para pavimentar el camino de acceso a la comunidad. Han pasado muchos años y ahí permanece esa obra: firme, útil y silenciosa, como un testimonio de que cuando un pueblo se organiza y persevera, las obras trascienden a quienes las impulsaron.
La conversación nos llevó inevitablemente a recordar a don Félix Angulo Santiago, un hombre visionario cuya historia merece ser contada una y otra vez. Junto con sus hermanos —Hilario, Fausto, Eloy y Jesús— decidió emprender un camino que cambiaría la vida de muchas familias de Nacaltepec.
En 1977 abrieron un pequeño local de pizzas en la zona de Taxqueña y División del Norte, en la Ciudad de México. Tres años después dieron un paso mucho más audaz: inauguraron un establecimiento de mayor tamaño en la colonia Hipódromo Condesa, entre Baja California y Nuevo León. La apuesta era enorme; la renta alcanzaba los veinte millones de pesos de aquella época y parecía imposible sostener el negocio.
La anécdota resulta inolvidable: el primer día únicamente vendieron un café y una pizza.
Muchos habrían renunciado en ese instante. Ellos no.
Persistieron, innovaron y comprendieron que debían crear una identidad propia. Así nacieron recetas que hoy forman parte de la memoria gastronómica de miles de mexicanos: la pizza Mexicana, la Azteca, la Marinera Especial y la de Carnes Frías, bajo un lema que se volvió célebre: “Las primeras y auténticas pizzas mexicanas".
Su mayor acierto fue atreverse a hacer algo que parecía impensable: colocar chile jalapeño crudo sobre la pizza, fue Hermilo que al no tener más ingredientes que queso y chile para mitigar el Hambre lo hallaron comiendo lo que sería después la receta más exitosa. Aquella idea revolucionó el mercado y terminó convirtiéndose en el ingrediente más solicitado por los clientes. Lo que comenzó como una apuesta terminó marcando una nueva forma de disfrutar la pizza en México.
El ejemplo de don Félix y de sus hermanos sembró una semilla profunda en Santiago Nacaltepec. Muchos habitantes aprendieron el oficio, siguieron el camino que ellos abrieron y construyeron sus propios negocios. Hoy existen cerca de cinco mil pizzerías fundadas por hijos de esta comunidad en el Valle de México y en otras entidades del país. Detrás de cada establecimiento hay una historia de sacrificio, trabajo familiar, disciplina y amor por sus raíces.
Lo más admirable es que, a pesar del éxito alcanzado, nunca rompieron el vínculo con su tierra. Cada año regresan para honrar a su santo patrono, cooperan con las festividades, conviven con sus paisanos y fortalecen los lazos que los unen al pueblo que los vio nacer. Esa fidelidad a sus orígenes es quizá la lección más valiosa de todas.
Santiago Nacaltepec nos demuestra que el verdadero desarrollo no siempre nace de grandes programas gubernamentales. Muchas veces surge de la creatividad, la solidaridad, la cultura del trabajo y la capacidad de un pueblo para organizarse y apoyarse mutuamente.
¡Nuestros pueblos saben trabajar y saben salir adelante, esa es nuestra fortaleza!
Mientras los gobiernos suelen enredarse en disputas políticas, burocracias interminables y promesas que pocas veces se cumplen, nuestros pueblos siguen enseñando que la riqueza más grande está en su gente. Son hombres y mujeres que no esperan a que alguien venga a resolverles la vida; toman la iniciativa, emprenden, trabajan y construyen oportunidades para las nuevas generaciones.
Nacaltepec nos deja una enseñanza poderosa: cuando un pueblo conserva su identidad, fortalece sus vínculos comunitarios y apuesta por el trabajo honrado, ningún obstáculo es suficientemente grande para detenerlo.
¡Qué orgullo volver a casa, reencontrarme con ellos y comprobar que los sueños, cuando se construyen en comunidad, pueden durar toda una vida!