Pinceladas de un domingo
Pinceladas de un domingo
Volver a la tierra natal es también volver a la memoria, los afectos y la esencia que nos define.
Volver a la tierra natal es también volver a la memoria, los afectos y la esencia que nos define.
Volver a la tierra natal es también volver a la memoria, los afectos y la esencia que nos define.
Volver a la tierra natal es también volver a la memoria, los afectos y la esencia que nos define.
Toda una delicia volver siempre la mirada y el corazón hacia mi pueblo, donde mi madre enterró mi ombligo y donde quedaron sembradas para siempre mis raíces.
Soy de Santa María La Pila, tierra de mis ancestros, orgullosamente perteneciente a Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca. Ahí transcurrieron los años más hermosos de mi infancia; ahí nacieron mis ilusiones, mis esperanzas y buena parte de lo que hoy soy.
¿Cómo desprenderme de ese pedazo de tierra sagrada si desde ahí continúa brotando la savia que fortalece mi espíritu?
Me encanta levantarme muy temprano para caminar hacia la parroquia que guarda tantos recuerdos de mi niñez; encontrarme con mis mayores y con mis contemporáneos; después recorrer el mercado, donde mis hermanas y hermanos zapotecos llenan de vida el centro del pueblo con el color de sus flores, el aroma de sus frutas y la frescura de sus verduras.
Esos sabores y esos olores difícilmente se encuentran en las ciudades donde paso buena parte de la semana trabajando.
Y, por supuesto, regalarme unos tamales acompañados de un rico atole mientras contemplo la extraordinaria diversidad humana que da vida a mi pueblo.
Pero hay un momento que atesoro de manera especial: visitar a mi querida hermana Naty. Sentarme con ella a compartir una taza de café, conversar sin prisas, recordar a nuestros padres, reírnos de las travesuras de la infancia y simplemente disfrutar de su compañía es un regalo para el alma. Son de esos instantes sencillos que reconfortan profundamente el corazón y que nos recuerdan que la verdadera riqueza de la vida siempre ha estado en la familia.
Nada se compara con descansar en la casa de mis padres, bajo el gran árbol que sembró mi papá y cuidó con tanto amor mi mamá; meditar en el silencio sagrado del hogar, encender una vela por mis antepasados y por ellos, convivir con mi familia y reencontrarme con esas lecturas que la prisa cotidiana suele dejar pendientes.
Entonces comprendo que regresar a mi pueblo no es solamente volver a un lugar: es volver a mí mismo. Es reencontrarme con mi historia, con mis afectos y con las personas que han dado sentido a mi existencia. ¿Cómo podría vivir sin mi pueblo?
¡Te amo profundamente, querido Miahuatlán! ¡Te amo, Santa María La Pila, tierra bendita donde comenzó mi historia y donde siempre encuentra descanso mi corazón!

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