Hoy me tocó volar hacia la Ciudad de México en un viaje sorprendentemente sereno por Aeroméxico. Todo transcurrió con una puntualidad impecable, como si el tiempo hubiera decidido caminar en perfecta armonía.
Pero lo que más me conmovió no fue el vuelo, sino mi propio estado de ánimo. Me descubro cada día más pleno, más sereno y más agradecido con la vida. Hay una paz que se ha ido instalando silenciosamente en mi espíritu y, desde ahí, todo adquiere una belleza distinta.
Estoy convencido de que nada ocurre por casualidad. Existe una fuerza superior que, con infinita sabiduría, nos coloca en los momentos y en los espacios exactos para encontrarnos con personas que dejan una huella en nuestra existencia.
En esta ocasión compartí asiento con un matrimonio de pastores evangélicos, el hermano Bulmaro Valle y su esposa Elvia Cuz; la conversación fluyó con tanta naturalidad que el vuelo pareció demasiado corto. Hablamos de Dios, de la familia, de la fe, del servicio y de la esperanza. Descubrí en ellos la sencillez de quienes viven para servir a los demás y la humildad de quienes encuentran en el amor al prójimo el sentido más profundo de su vocación.
Aquel encuentro despertó en mí los recuerdos más entrañables de mi infancia. Volví a escuchar la voz de mi madre hablándome de don Carlos, el primer pastor Bautista de mi pueblo y su esposa doña Elba.
Ella, -mi madre- mujer de profunda fe católica, jamás me enseñó a juzgar a nadie por su religión. Al contrario, me enseñó a reconocer la virtud dondequiera que floreciera. Admiraba en don Carlos su honestidad, su vida ejemplar y su entrega a la comunidad. Esa amplitud de espíritu, esa capacidad de reconocer el bien por encima de cualquier diferencia, constituye una de las herencias más valiosas que recibí de ella. Pensarla hoy llenó mi alma de orgullo, gratitud y una inmensa dicha.
Quiero expresar también mi reconocimiento a los hombres y mujeres que ejercen el ministerio pastoral en las iglesias evangélicas. En miles de comunidades, muchas veces alejadas y olvidadas, acompañan a familias en el dolor, consuelan a quienes han perdido la esperanza, fortalecen matrimonios, orientan a los jóvenes y trabajan silenciosamente para reconstruir el tejido social. Su labor cotidiana, realizada con discreción y entrega, merece respeto y reconocimiento.
Al final, quienes creemos en Dios descubrimos que son más las cosas que nos unen que aquellas que nos separan. La compasión, la solidaridad, la justicia, el perdón y el amor al prójimo son valores universales que ennoblecen al ser humano y hacen mejor a nuestra sociedad.
Quizá la verdadera altura no sea la que alcanza un avión, sino aquella a la que asciende el alma cuando aprende a mirar a los demás con respeto, gratitud y fraternidad.
Hoy no solo llegué a mi destino; también confirmé que Dios sigue hablándonos a través de los encuentros más sencillos, de las conversaciones inesperadas y de las personas que coloca en nuestro camino.