La Guelaguetza que Oaxaca merece: volver a lo nuestro
La Guelaguetza que Oaxaca merece: volver a lo nuestro
La máxima fiesta de Oaxaca enfrenta el reto de recuperar su esencia cultural y devolver el protagonismo a sus pueblos.
La máxima fiesta de Oaxaca enfrenta el reto de recuperar su esencia cultural y devolver el protagonismo a sus pueblos.
Cada vez estoy más convencido de que ha llegado el momento de abrir un debate serio, profundo y sin prejuicios sobre el futuro de la Guelaguetza. Y no lo hago desde el enojo, ni desde la descalificación fácil. Lo hago porque amo profundamente a Oaxaca. Porque durante más de treinta años he tenido el privilegio de caminar sus comunidades indígenas, de sentarme a escuchar a nuestros mayores, de compartir el pan y la palabra con hombres y mujeres que siguen sosteniendo, muchas veces en silencio, el alma de este pueblo.
Ellos me enseñaron que la Guelaguetza nunca fue un espectáculo; veníamos con gusto e ilusión a compartir la vida y la fiesta a la capital. Con orgullo se portaban aquellos trajes que nos han dado fama mundial, los gobiernos en turno arreglaban parques y jardines, los mercados eran toda una fiesta, la alegría invadía la capital del estado.
La Guelaguetza fue una forma de entender la vida.
Fue el abrazo entre nuestras naciones indígenas y comunidades. Fue la ayuda mutua. Fue el compartir sin esperar recompensa. Fue la gratitud por la lluvia, por el maíz, por la tierra y por la vida misma. Porque la reconstrucción de nuestros pueblos y su autodeterminación pasa precisamente por recuperar todo eso que dejamos perder y que fuimos un día.
Por eso me duele que, por momentos, nuestra máxima fiesta parece haber perdido parte de esa esencia.
Tengo la impresión de que la Guelaguetza se ha ido convirtiendo poco a poco en una enorme pasarela del poder. Los reflectores parecen dirigirse más hacia los gobernantes, los funcionarios, las personalidades y los invitados especiales que hacia quienes verdaderamente deberían ocupar el centro de la celebración:
Nuestros pueblos.
Los gobiernos pasan.
Los pueblos permanecen.
La Guelaguetza no pertenece a ningún gobernador, a ningún partido político, ni a ninguna administración.
Pertenece al pueblo de Oaxaca.
También observo con preocupación que, en ocasiones, la promoción de nuestra fiesta ha caído en el exceso y campañas vacías de “promoción”; pareciera que existe la idea de que entre más ruido se haga, más exitosa será la Guelaguetza.
Yo pienso exactamente lo contrario.
Oaxaca no necesita estridencias para conquistar al mundo.
No necesita campañas espectaculares ni promociones que, en ocasiones, terminan reduciendo una de las expresiones culturales más profundas de México a un producto de consumo.
Lo que el mundo viene a buscar a Oaxaca no es publicidad.
Viene a encontrarse con la autenticidad de nuestros pueblos.
Viene a escuchar nuestras lenguas.
Viene a emocionarse con nuestras bandas filarmónicas.
Viene a mirar el trabajo de nuestros artesanos.
Viene a probar la cocina que durante siglos han conservado las mujeres de nuestros pueblos.
Viene a sentir el espíritu comunitario que todavía vive en nuestros pueblos.
Y ese espíritu no puede fabricarse desde una oficina.
También debemos atrevernos a discutir otro tema que muchos comentan en voz baja.
¿Todas las delegaciones que participan representan realmente una tradición comunitaria viva?
¿O debemos revisar con transparencia los criterios con los que se integran las representaciones culturales?
No se trata de excluir a nadie.
Se trata de cuidar la autenticidad de la Guelaguetza.
Porque cuando el criterio deja de ser cultural y comienza a responder a otros intereses, la fiesta pierde credibilidad y termina alejándose de sus propias raíces.
Yo sueño con una Guelaguetza distinta.
Sueño con un gobernador o gobernadora que deje de ser el personaje principal para convertirse simplemente en un invitado respetuoso.
Sueño con una ceremonia inaugural donde el homenaje sea para los pueblos indígenas y afromexicanos que han mantenido viva nuestra cultura durante siglos.
Sueño con un Cerro del Fortín que recupere su dimensión sagrada, recordando que mucho antes de ser un auditorio fue un lugar de encuentro con la naturaleza y, posiblemente, un espacio ceremonial para nuestros antepasados.
Sueño con una Secretaría de Turismo que entienda que la cultura no puede administrarse únicamente con criterios de mercadotecnia. El turismo es importante y Oaxaca debe seguir proyectándose al mundo, pero nunca a costa de sacrificar su autenticidad.
La derrama económica importa.
Pero importa mucho más que nuestras comunidades sigan sintiéndose orgullosas de lo que son.
Imagino una Guelaguetza donde durante todo el mes de julio el verdadero escenario sea Oaxaca entera.
Los pueblos.
Los mercados.
Las cocinas tradicionales.
Los talleres artesanales.
Las bandas filarmónicas.
Las montañas.
Los caminos.
Las lenguas originarias.
Que el visitante no venga solamente a sentarse unas horas en un auditorio.
Que venga a conocer el alma de Oaxaca.
Y sueño también con un Consejo Cultural permanente de la Guelaguetza, integrado mayoritariamente por representantes de los pueblos indígenas y afromexicanos, portadores de las tradiciones, músicos, artesanos, historiadores, antropólogos y artistas. Que sea ese consejo quien cuide la autenticidad de nuestra máxima fiesta, mientras el gobierno cumple su responsabilidad de organizarla y protegerla, sin apropiarse de ella.
Volver a lo nuestro no significa cerrar las puertas al mundo.
Significa abrirlas desde nuestra identidad.
Mientras más auténtica sea la Guelaguetza, mayor será el respeto que despertará en México y en el extranjero.
No necesitamos inventarnos una identidad.
Ya la tenemos.
Lo único que debemos hacer es dejar que vuelva a hablar la voz de nuestros pueblos.
Porque la Guelaguetza no nació para servir al poder.
El poder debe servir para proteger la Guelaguetza.
Ha llegado el momento de devolverle su esencia.
Ha llegado el momento de que vuelva a ser una fiesta del pueblo y para el pueblo.
Ese es el debate que Oaxaca merece.







































