Inteligencia artificial: ¿vamos a tenerle miedo o vamos a aprender a utilizarla?
Inteligencia artificial: ¿vamos a tenerle miedo o vamos a aprender a utilizarla?
México y Oaxaca enfrentan el reto de pasar de consumidores de tecnología a productores de conocimiento e innovación.
México y Oaxaca enfrentan el reto de pasar de consumidores de tecnología a productores de conocimiento e innovación.
Oaxaca de Juárez, Oaxaca.— La inteligencia artificial está transformando al mundo a una velocidad impresionante. Y frente a ello pareciera que en México comenzamos otra vez por el lugar equivocado: por el miedo.
A mí me preocupa la inteligencia artificial, claro que sí. Pero me preocupa mucho más que las máquinas aprendan mientras nosotros dejamos de hacerlo.
Me preocupa ver a jóvenes que cada vez leen menos, que investigan menos, que reciben información a todas horas pero pocas veces se detienen a cuestionarla. Vivimos en una sociedad profundamente alienada por la inmediatez: imágenes, videos, redes sociales, mensajes, contenidos que aparecen y desaparecen frente a nuestros ojos.
Nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano y, paradójicamente, corremos el riesgo de saber cada vez menos.
Entonces el problema no es solamente la inteligencia artificial.
El problema es qué clase de sociedad estamos construyendo alrededor de ella.
Una sociedad que deja de leer, investigar, cuestionar y producir conocimiento propio corre el riesgo de involucionar.
¿Quién está produciendo el conocimiento?
Hagámonos una pregunta sencilla.
¿De dónde vienen prácticamente todas las herramientas tecnológicas que utilizamos diariamente?
Nuestros teléfonos, los sistemas operativos, los buscadores, las redes sociales, los sistemas de geolocalización, las aplicaciones de mensajería y ahora los grandes sistemas de inteligencia artificial han sido desarrollados, en su inmensa mayoría, fuera de México.
Nosotros los utilizamos.
Los consumimos.
Pero ¿cuánto estamos creando?
Mientras otras naciones registran enormes cantidades de patentes, desarrollan tecnología, forman científicos e invierten en investigación, México sigue teniendo una participación muy pequeña en la generación mundial de conocimiento tecnológico.
Y si aterrizamos la pregunta en Oaxaca, el panorama es todavía más preocupante.
No se trata solamente de contar patentes. La pregunta de fondo es otra:
¿Cuánto conocimiento estamos produciendo nosotros mismos?
Porque una nación que no produce conocimiento termina dependiendo inevitablemente del conocimiento producido por otros.
¿Y Oaxaca qué?
Aquí tenemos una enorme contradicción.
Oaxaca posee una de las mayores riquezas culturales, lingüísticas y biológicas de México. Nuestros pueblos acumularon durante siglos conocimientos sobre semillas, tierra, plantas medicinales, ciclos de lluvia, bosques, agua, alimentación y formas de organización comunitaria.
Pero ese conocimiento también se está perdiendo.
Muchos jóvenes ya no están interesados en aprender lo que sabían sus abuelos. Las lenguas indígenas se debilitan y cuando desaparece una lengua no desaparecen solamente palabras: desaparece también una manera de entender el mundo.
Y mientras hablamos de inteligencia artificial, tenemos comunidades donde niñas y niños continúan estudiando en condiciones precarias, con enormes desigualdades para acceder a libros, Internet, ciencia y tecnología.
Entonces yo me pregunto:
¿Queremos que la inteligencia artificial profundice esas desigualdades o queremos utilizarla para combatirlas?
Pongamos la inteligencia artificial donde realmente hace falta
En Oaxaca tendríamos que estar discutiendo cómo utilizar estas herramientas para resolver problemas concretos.
El campo mexicano lleva décadas abandonado por las políticas públicas. El agua será uno de los grandes problemas de nuestro futuro.
¿Por qué no estamos hablando de inteligencia artificial aplicada al campo?
Podemos utilizarla para conocer mejor nuestros suelos, anticipar plagas, administrar sistemas de riego, prever sequías, estudiar cambios climáticos, mejorar cultivos y producir más utilizando menos agua.
Imaginen una comunidad oaxaqueña que combine el conocimiento de sus campesinos con herramientas capaces de analizar información sobre humedad, suelo, lluvia y comportamiento de los cultivos.
Eso también es inteligencia artificial.
Y probablemente sea muchísimo más importante para nuestros pueblos que muchas de las discusiones que hoy escuchamos.
¿Queremos legislar? Primero entendamos
En Oaxaca ya se habla incluso de legislar sobre inteligencia artificial y pareciera que el asunto se reduce fundamentalmente a los derechos de autor.
Claro que debemos proteger a escritores, músicos, artistas, investigadores y creadores.
Pero la inteligencia artificial es muchísimo más que derechos de autor.
Estamos hablando de educación, ciencia, agricultura, salud, economía, empleo, administración pública, lenguas indígenas, productividad, protección de datos y soberanía tecnológica.
No podemos legislar seriamente sobre algo que todavía no comprendemos en toda su dimensión.
Antes de legislar habría que estudiar.
Antes de prohibir habría que comprender.
Y antes de presumir leyes sobre inteligencia artificial, deberíamos preguntarnos cuánto estamos invirtiendo para que nuestros niños y jóvenes aprendan a desarrollarla y no solamente a consumirla.
Las declaraciones de la Presidenta
Me llamaron particularmente la atención las recientes declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre inteligencia artificial.
Coincido con ella en algo fundamental: una persona con un problema de salud mental no debe sustituir la atención profesional por una conversación con una máquina. También debemos preocuparnos por el abuso de las pantallas, la pérdida de convivencia familiar y las plataformas que buscan mantener nuestra atención permanentemente.
Hasta ahí estamos de acuerdoPero me preocupa que se diga que la inteligencia artificial “evita que investiguemos” porque sencillamente nos entrega una respuesta.
No necesariamente.
Una inteligencia artificial mal utilizada puede fomentar la comodidad intelectual, por supuesto.
Pero bien utilizada puede hacer exactamente lo contrario: ayudarnos a investigar más, formular mejores preguntas, encontrar información, contrastar fuentes, analizar enormes cantidades de datos y descubrir caminos que quizá antes ni siquiera habíamos imaginado.
Entonces no culpemos a la herramienta.
Enseñemos a utilizarla.
Y tampoco confundamos inteligencia artificial con redes sociales, teléfonos celulares o scrolling infinito. Son fenómenos relacionados con la transformación digital, pero no son lo mismo.
El problema del scrolling infinito merece atención y regulación. Pero reducir la discusión sobre inteligencia artificial a los efectos negativos de las pantallas sería perder de vista la dimensión histórica de lo que está ocurriendo.
Ya vivimos esta discusión
¿No recordamos lo que ocurrió con Internet?
También hubo miedo.
También se dijo que perjudicaría a los estudiantes, que sustituiría los libros, que acabaría con determinadas formas de comunicación y que traería enormes peligros.
Y claro que Internet produjo problemas que seguimos enfrentando.
Pero hoy nadie podría imaginar el desarrollo de la humanidad sin Internet.
Estamos nuevamente ante un dilema semejante.
Las nuevas tecnologías deben ser criticadas. Deben tener límites éticos. Y cuando sea necesario, deben ser reguladas.
Pero rechazarlas a priori, satanizarlas o pretender detenerlas mediante el miedo significa aislar a nuestros ciudadanos de los avances tecnológicos que están transformando al mundo.
Y mientras nosotros discutimos si debemos tenerle miedo a la inteligencia artificial, otros países están formando científicos, desarrollando modelos, creando empresas y aplicándola a la medicina, la agricultura, la industria, la educación y la investigación.
¿Vamos a quedarnos mirando?
¿Vamos otra vez a comprar dentro de algunos años la tecnología que otros están desarrollando hoy?
Ese es el verdadero debate.
No se trata de inteligencia artificial sí o inteligencia artificial no.
Se trata de preguntarnos:
¿Qué inteligencia artificial necesitamos?
¿Para qué la queremos?
¿Y qué tenemos que hacer para que nuestros ciudadanos dejen de ser solamente consumidores y se conviertan también en protagonistas de esta revolución tecnológica?
Oaxaca tiene además algo extraordinario que aportar
Tenemos que lograr que el conocimiento ancestral dialogue con la ciencia y con las nuevas tecnologías.
Que una joven indígena pueda aprender inteligencia artificial sin dejar de hablar la lengua de sus abuelos.
Que un campesino pueda utilizar nuevas tecnologías sin abandonar el conocimiento heredado de sus padres.
Que nuestras universidades investiguen los problemas reales de nuestros pueblos.
Y que algún día nuestros jóvenes no solamente descarguen aplicaciones creadas en otras partes del mundo, sino que sean capaces de crearlas desde Oaxaca para México y para el mundo.
Negarle a una generación el conocimiento y dominio de las herramientas de su tiempo no la protege: la coloca en desventaja frente al mundo.
No debemos tenerle miedo a la inteligencia artificial.
Debemos aprender a dominarla, cuestionarla y ponerla al servicio de las personas.
La inteligencia artificial no debe sustituir nuestra inteligencia.
Debe potenciarla.
Porque mientras las máquinas evolucionan, nosotros no podemos permitirnos involucionar.







































