Hablar de salud mental sigue siendo incómodo para muchas personas. No porque no sea importante, sino porque aún existen resistencias y prejuicios que dificultan dar el paso hacia la consulta psicológica. Frases como “yo puedo solo”, “ir al psicólogo es para débiles” o “eso no es para mí” siguen presentes en nuestra cultura, funcionando como barreras silenciosas.
Desde la psicología la resistencia no es algo negativo en sí mismo. Sigmund Freud ya hablaba de ella como un mecanismo que aparece cuando una persona se enfrenta a contenidos que le generan conflicto o malestar. Es decir, evitar, negar o postergar el pedir ayuda puede ser una forma de protegerse emocionalmente. Sin embargo, lo que a corto plazo parece alivio, a largo plazo puede mantener el problema.
Por otro lado, los prejuicios sociales han sido ampliamente estudiados. Investigaciones como las de Corrigan (2004) sobre el estigma en salud mental muestran cómo las creencias negativas hacia la terapia o hacia quienes buscan ayuda influyen directamente en que las personas eviten acudir a consulta. El miedo a ser juzgados o etiquetados pesa más que la necesidad de bienestar.
En la práctica clínica es común encontrarse con personas que llegan después de haber postergado durante mucho tiempo la decisión de pedir ayuda. Y es ahí donde ocurre algo importante: descubren que la terapia no es un juicio, sino un espacio seguro donde pueden hablar sin ser etiquetados.
Cuestionar nuestras resistencias y prejuicios no es sencillo, pero es un primer paso hacia el bienestar, porque pedir ayuda no es señal de debilidad, sino un acto de responsabilidad personal.